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Cucos, Miedos, Terrores, Mitos y Leyendas como Control Social

Ultima Actualización: lunes, 26 de julio de 2021. Por: Rafael Hernandez

Las cadenas de Pedro el Cruel siempre sonaron en la imaginación de los niños y de muchos adultos que aseguraban haberlo visto.

Las cadenas de Pedro el Cruel siempre sonaron en la imaginación de los niños y de muchos adultos que aseguraban haberlo visto, a quienes se les advertía que si durante las noches les salía dicho jinete sobre su brioso caballo preguntando que si las mujeres todavía parían, debían responderle con energías “sí paren y parirán”, y así se librarían de ser atravesados por su espada.

 

Si veían una bruja volando, debían decir en voz alta, “con Dios y con Santa María” para que se cayera sin hacernos daño.

 

Cada Semana Santa, nos contaban de la muchacha que se puso de malcriada con su madre y se le había enroscado una serpiente en el cuello y que tendría que visitar 7 iglesias para que quedara libre de la misma.

 

A una fulana que le salió el Diablo y la arañó, por haber desobedecido a sus padres cuando salió escondida para la fiesta a medianoche. Pero no contaban lo de su caída en el tronco de maya que le había causado las heridas.

 

Los dos compadres que se mataron mientras subían la montaña y todas las noches salían los dos “jachos prendíos” que todos podíamos ver. Lo que nunca nos dijeron que por la extrema oscuridad sus habitantes debían subir alumbrados por haces de cuaba cuando los sorprendía la noche en la ciudad.

 

Para los veganos el paradigma de samuros se aplicaba a la gente de Guaiguí y de Guaco, porque eran unos “mabisos” que no entendían la cultura pueblerina. Todos veíamos a Elías el haitiano que pasaba sobre su mula siempre en dirección a Guaiguí. Así que como siempre andaba con un saco nos decían que se llevaba los niños dentro del mismo. Sin embargo, la gente de Guaco se establecía con pulperías en la ciudad y progresaban enormemente, haciéndose ricos. ¿Quién no visitó el negocio del Samuro en el barrio X?¡Qué paradoja!

 

Chencha la “gambada” y Arturo “el Capitán de la Basura”, eran dos personas realmente inofensivas, pero nos alejaban de ellos diciéndonos que eran muy malos y que se comían a los niños.

 

Casilda “la bruja de la esquina”, y lo grave era que nunca veíamos a Casilda, pues la casa permanecía todo el día cerrada y solo por la noche se veía encendida la “jumeadora”. Así que los muchachos brechaban en la casa durante el día a ver si la veían. Decían que de noche a eso de las doce salía volando y entraba a las casas y les chupaba la sangre a los niños.

 

El cuco de las culebras era que daban pelas y “vajiaban” (de vaho, mal olor) a las personas causándoles fiebres tifoideas o “fiebres malas” como les decían. Que ese era un animal maldecido por la Virgen y que había que buscar un machete y picotearla en muchos pedacitos, porque si no, iría de nuevo enterita por las noches a vengarse de quien la picoteó. Leyenda negra.

 

El cuco sobre las cacatas o tarántulas, nuestra araña gigante, era que había que matarlas todas, porque si te picaban el único antídoto contra su veneno era comerte tus propios excrementos.

La “Mujer de los Taquitos”, se escuchaba cruzar por las calles escuchándose su taconeo. Es parte del folclor latinoamericano y aparece en varios países con ligeras variantes, pero siempre como un cuco a quienes andan tarde de la noche en las calles.

 

De igual manera la difunta que se les monta a los choferes de camiones que bajan de Jarabacoa y Constanza haciéndolos volcar, o la que se les monta a los que andan a media noche y les pide que la deje en la puerta del cementerio, podemos escucharla en cualquier país suramericano, igual que la del bondadoso que prestó su chaqueta o abrigo a la desconocida que encontró tiritando en el parque o la calle y la acompañó hasta su casa, pero al ir a l otro día a recuperar su prenda le dijeron que tenía varios días de fallecida y cuando iban al cementerio a comprobarlo, encontraban su chaqueta sobre la cruz.

 

La leyenda de la Ciguapa, hermosa mujer que “encantaba a los hombres. Los llevaba a su cueva y ahí los devoraba”. Encantar era atraer a alguien con artes maligna.

 

Los indios que vivían en las cuevas. Los productores de televisión que vivían buscando teleaudiencias records, amanecieron en las cuevas de Caballero en Fantino, esperando cuando los indios salieran a barrer su alrededor. ¿Por ignorancia o por reproducir el mito

o leyenda?

 

El difunto que aparecía en la quebrada que luego se convertía en un cocuyo de los grandes, al pedirle fuego al transeúnte para encender un cigarro. O la “litera” que conducía al enfermo y cuando iba a ayudar lo embaucaban y al amanecer despertaba tirado en una lejana finca.

 

Enrique Blanco, quien al verse en peligro (al ser un Galipote), se convertían en un tocón, una piedra, un ave u otro animal, pero luego se le aparecía y asesinaba a quien lo vio para que no lo delatara. Leyenda campestre, sobre un personaje real.

 

“Mano Blanca”, personaje que asesinaba despiadadamente a cualquiera que encontrara en las calles durante las “noches de terror de los doce años”.

La casa del “Padre sin Cabeza, o del Ahorcado” que fue el terror de los muchachos de nuestra generación situada donde está el mercadito de la Imbert con Manuel Ubaldo Gómez. Esta casa nunca fue terminada, pero con esta leyenda se evitaron la presencia y acciones de ocupantes y actos ilegales.

 

La casa del km. 5 de Pontón, donde se forjó una leyenda negra y se hablaba de que estaba “embrujada”, fue residencia de varias familias cuya cabeza era el administrador de la finca. Nunca sintieron nada y tuvieron una larga estadía de años y más años ocupando la misma. Luego quedó aislada al construirse la autopista Duarte y en los momentos que estuvo desocupada fue refugio de ciertos rufianes y traficantes de maderas quienes al parecer crearon la terrorífica leyenda a fin de no ser molestados.

 

Se podrían llenar cientos de páginas sobre estos personajes y sucesos existentes en el imaginario colectivo del pueblo, con esta muestra basta por el momento.

 

De esta manera se moldearon conductas y comportamientos en los ciudadanos, y las mujeres para controlar parrandas nocturnas de sus esposos y especialmente en los muchachos adolescentes que al sentirse hombres pretendían tener derecho a irrespetar a los padres y a llegar a cualquier hora a la casa. A. Rafael Hernández F. 23.07.21.