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HAITÍ; EL VALOR DE LA SOLIDARIDAD

Ultima Actualización: sábado, 16 de enero de 2010. Por: Luis Henriquez Canela

Es la hora justa para remover con fortaleza y determinación las estructuras cancerígenas que mantienen al pueblo haitiano en esa situación.

 

Profundamente conmovido por la tragedia haitiana, el pueblo dominicano ha dado muestras de solidaridad, apoyo, respaldo. Porque independientemente de la rancia disputa histórica entre las dos naciones, el sentimiento de protección, de defensa a la vida, se ha impuesto. El desamparo de los habitantes de esa media isla salta a la vista, hiere, corroe, socava desde dentro cualquier corazón.

 

Por férreas que hayan sido las luchas, por injustas, el tiempo se ha encargado de ir borrando las heridas y aunque la cicatriz sigue ahí, el recuerdo sucumbe ante la realidad del día a día. Hay empresas de dominicanos instaladas en Haití, hay dominicanos que se ganan la vida comerciando productos con ellos, hay una relación de hecho que si bien es cierto no carece de torbellinos y desacuerdos momentáneos, su permanencia conjuga en todo momento la frase “somos alas de un mismo pájaro”: El uno no puede vivir sin el otro.

 

El hecho de que ocupemos una misma isla nos obliga a buscar entendimiento, avenencias, pactos, acuerdos. El mundo ha cambiado y lo que fue ya no es. Las nuevas generaciones de dominicanos, aquellas que no vivieron cuando la masacre del 1937 y antes, piensan diferente; los hechos lo demuestran.  Todavía, es innegable, hay gente que no entiende que la solución a largo plazo está en el concierto, en la ayuda mutua. Hay gente que critica el hecho de que haitianos vengan a estudiar a nuestras escuelas. ¿A quién a largo plazo beneficia esta situación? ¿Solamente al pueblo haitiano? No creo.

 

Escuchaba a una periodista famosa pedir a Cesar Medina, embajador en España, que le enviara una comunicación a un canal de televisión español porque estaban diciendo que la frontera estaba cerrada y que nosotros no estábamos ayudando. Inclusive, esa periodista habló con una comunicadora dominicana que se encontraba reportando para la televisión local en Haití en ese momento y le dijo que buscara a esa reportera española que estaba dando falsas informaciones. La dominicana le expresó que era poco probable, había centenares de periodistas de todo el mundo reportando para sus países y sería casi imposible, además con el caos existente, encontrar la reportera española.

 

Si bien es cierto que nosotros debemos cuantificar nuestra ayuda, como lo ha hecho Estados Unidos, Venezuela, España, ect., con la finalidad de dejar claramente establecida la participación en términos monetarios, también es cierto que un solo herido atendido en uno de nuestros hospitales de los miles que se han dejado pasar por la frontera, no tienen precio. Carece de valor tangible el hecho de que nosotros que somos sus vecinos fuimos los primeros en ir en su auxilio. Han usado nuestros aeropuertos, nuestros hospitales, nuestra comida, nuestras medicinas, nuestros equipos pesados, nuestro recursos humanos y lo que es más importante, nuestra mano amiga; un pecho donde derramar sus lagrimas.

 

Independientemente de que muchos, incluyendo a esa comunicadora quieran que el mundo sepa que nosotros estamos ayudando, la prioridad no debe ser esa. Se sabe que estamos ayudando y no solo por este hecho, se sabe que una gran parte de la irresponsabilidad histórica de Francia con el pueblo haitiano la estamos pagando nosotros. No hay que gritarle a los cuatro vientos que estamos colaborando, hay que hacerlo porque si; “hoy por ti y mañana por mí”, por humanidad, por solidaridad. Hay que hacerlo sin esperar nada a cambio.

 

Por suerte --y perdónenme por mi atribulada sinceridad de este momento--hoy los que sufren no solamente son los pobres, la dirigencia rancia, insensible, inhumana, cleptómana que ha gobernado ese pueblo también recibe el duro golpe asestado en sus propias entrañas. Han sido irresponsables todos esos dirigentes graduados en universidades francesas que han vuelto a su tierra para saquearla y vivir como reyes mientras el 80% de la población lucha día a día por sobrevivir.

 

Tal vez este golpe sea la gota que derrame el vaso y haga entender a sus dirigentes la responsabilidad histórica que tienen sobre sus hombros.  Ahora lo que hay es lucha, ayuda, trabajo duro sin esperar nada a cambio, ni siquiera el aplauso y el reconocimiento de una comunidad internacional que se ha hecho ciega sorda y muda ante las miserias de ese sufrido pueblo.

 

Es la hora justa para remover con fortaleza y determinación las estructuras cancerígenas que mantienen al pueblo haitiano en esa situación.