Hoy vi esta fotografía y me quedé pensando.
No en el oso. En nosotros.
El Buddy Bear que acaba de instalarse en La Puntilla representa, según sus promotores, los lazos de amistad y cooperación entre Alemania y República Dominicana. La obra, realizada por la artista dominicana Maribel Veras, se llama El Puente y lleva un árbol: raíces, tronco y ramas para hablar de historia y de vínculos que siguen creciendo.
Y qué bonito que una ciudad pueda recibir símbolos de otros lugares.
Puerto Plata siempre ha sabido hacerlo. Somos puerto. Somos mezcla. Somos una ciudad que aprendió a convivir con gente que llegó desde lejos y terminó dejando un pedacito de su historia entre nuestras calles.
Pero precisamente por eso me hago una pregunta: ¿Y dónde estamos nosotros?
Porque un niño que crece en Puerto Plata debería poder caminar por La Puntilla y encontrarse con algo que le haga preguntar: ¿Qué significa esto?
Y que la respuesta sea una historia nuestra.
Que alguien pueda señalar una escultura y contarle que aquí hubo pueblos originarios antes de que llegaran los europeos. Que pueda hablarle de nuestras raíces taínas. De La Isabela. De la historia de Puerto Plata. De la Fortaleza San Felipe mirando al Atlántico desde el siglo XVI. De Gregorio Luperón. De la Restauración. De aquellos extranjeros que llegaron al puerto y también terminaron formando parte de nuestra historia.
De nuestras casas victorianas. Del ámbar. Del merengue típico. De los Taimáscaros. De nuestros artesanos. De nuestros músicos. De nuestras tradiciones.
De esa mezcla de Caribe, montaña, mar, inmigración y memoria que hace que Puerto Plata sea Puerto Plata y no cualquier otra ciudad del mundo.
Porque sí, podemos tener un Buddy Bear. Podemos tener un puente hacia Alemania. Podemos celebrar la amistad entre los pueblos.
Pero también necesitamos puentes hacia nuestra propia memoria.
Y esto no lo digo desde el rechazo a lo extranjero.
Lo digo desde el amor a lo nuestro.
Porque una ciudad turística no debería limitarse a recibir al visitante. También debería poder contarle quién es.
Y cuando ese visitante pregunte: “¿Y esto qué significa?”, ojalá podamos señalar una obra y comenzar a contarle una historia que empiece mucho antes de nosotros.
Una historia que tenga raíces.
Que tenga nombres.
Que tenga música.
Que tenga memoria.
Que tenga pueblo.
Que tenga Puerto Plata.
Porque abrir las puertas al mundo está bien.
Pero abrirlas no significa dejar nuestra casa vacía de nosotros.
Y quizás ese sea el puente que todavía nos falta construir: el que nos lleve de regreso a nuestras propias raíces.