El caso ocurrido en Santiago, en el que un hombre de 29 años, identificado como Edwin Reinaldo Rodríguez Cruz, aparece señalado en una investigación relacionada con dos menores de edad, una de ellas reportada como desaparecida y la otra herida, me deja una tristeza profunda, pero también una enorme indignación. Porque detrás de esta noticia hay niñas, una familia desesperada y una realidad que, aunque nos incomode, tenemos que mirar de frente.

Hay algo que yo no concibo. ¿Cómo puede un hombre de 29 años mirar a una niña de 14 años y sentir atracción sexual por ella? ¿Cómo puede un adulto acercarse a una menor de esa manera? ¡Una niña es una niña! Y aquí tenemos que ser muy claros: la responsabilidad es del adulto. No podemos comenzar preguntando qué hizo la niña, por qué salió, con quién estaba o por qué se fue. Antes de todo eso tenemos que preguntarnos qué hizo el adulto y por qué un hombre de esa edad puede mirar a una menor y verla de otra manera que no sea como lo que es: una niña que necesita protección.

Y esa indignación inevitablemente nos lleva a otra pregunta: ¿en qué momento dejamos de saber dónde están nuestros hijos? ¿Cómo llegamos al punto en que una adolescente puede pasar días fuera de casa, trasladarse de un lugar a otro y que no sepamos con claridad dónde está, con quién está o qué está viviendo? No lo digo para señalar a una madre ni para juzgar una familia cuya realidad no conozco. Lo digo porque este caso nos obliga a preguntarnos qué está pasando dentro de nuestros hogares.

Porque criar no es solamente alimentar, vestir y enviar a los hijos a la escuela. Criar es estar. Es preguntar. Es supervisar. Es conocer sus amistades, saber dónde están, escuchar lo que callan y poner límites, aunque se enojen con nosotros. Nuestros hijos no necesitan que seamos sus amigos todo el tiempo. Necesitan que seamos sus padres.

Y aquí también tenemos que hablar de la escuela. Hoy nuestros niños cuentan con alimentación escolar, útiles, transporte y otras facilidades que buscan garantizar su permanencia en las aulas. Entonces, ¿qué estamos haciendo los padres y tutores para asegurarnos de que realmente estén asistiendo? ¿Sabemos si nuestros hijos están entrando a la escuela? ¿Nos preocupamos cuando comienzan a faltar? ¿Nos preguntamos por qué dejaron de asistir? ¿Y si los enviamos desde casa, estamos seguros de que están llegando al aula?

Porque mandar a un niño a la escuela no termina cuando sale por la puerta de la casa. También es responsabilidad del adulto saber si llegó, si permaneció allí y si está cumpliendo con su proceso educativo. La escuela puede hacer su parte, el Estado puede poner los recursos y las instituciones pueden crear mecanismos de protección, pero ninguna de esas cosas sustituye la mirada de un padre, una madre o un tutor pendiente de su hijo.

Y sé que no todas las familias tienen las mismas herramientas. Hay madres y padres que trabajan todo el día, hogares fracturados, dificultades económicas y situaciones que hacen mucho más difícil acompañar a los hijos como quisiéramos. Pero precisamente por eso esto no puede ser solamente un asunto de la familia. También es un problema de la escuela, de la comunidad y de las instituciones. Cuando un niño se aleja de las aulas, pasa demasiado tiempo en la calle o comienza a desaparecer del radar de los adultos, alguien tiene que mirar.

Porque este caso no debería conmovernos únicamente por la gravedad de lo ocurrido. Debería dolernos por todo lo que pudo haber pasado antes de llegar a este punto. Por cada señal que quizás nadie vio. Por cada conversación que no ocurrió. Por cada límite que no se puso. Por cada niña que pudo sentirse sola cuando más necesitaba que un adulto estuviera pendiente de ella.

Y entonces volvemos a la pregunta del principio: ¿en qué momento dejamos de cuidar a nuestros niños? ¿Hasta cuándo vamos a normalizar que hombres adultos se acerquen a niñas como si fueran mujeres? ¿Hasta cuándo vamos a mirar hacia otro lado? ¿Hasta cuándo vamos a preguntar primero qué hizo la niña y no qué hizo el adulto?

Una niña es una niña. Tiene derecho a crecer, estudiar, equivocarse, descubrir quién es y sentirse segura. No tiene por qué cargar con responsabilidades que corresponden a los adultos.

Quizás esta tragedia debería dejarnos una pregunta que vaya mucho más allá de compartir una noticia en las redes sociales: ¿qué estoy haciendo yo para proteger a los niños que tengo cerca?

Porque si no comenzamos a hacernos esa pregunta, seguiremos lamentando historias que quizá, con más atención, más límites, más educación y más adultos verdaderamente presentes, pudieron ser diferentes.