No, no apoyo a Alofoke. Pero tampoco creo que se pueda combatir un fenómeno como ese despreciando a quienes lo siguen.

Lo aclaro porque algunas cosas que he escrito últimamente podrían llevar a alguien a pensar que estoy tomando partido por Santiago Matías o por el fenómeno Alofoke. No. Estoy lejos de eso.

Pero sí creo algo: República Dominicana necesita nuevos rostros en la política. Nuevas generaciones, nuevas ideas, nuevas formas de hacer política y, sobre todo, personas capaces de entender que el país que viene no puede seguir construyéndose únicamente con los códigos políticos del pasado.

¿Es Alofoke el rostro político que a mí me gustaría ver? No necesariamente.

Pero una cosa es que no me represente políticamente y otra muy distinta es negar lo que representa.

Porque el fenómeno está ahí.

Y hay una parte importante de la juventud dominicana que se siente identificada con ese lenguaje, con esa forma de comunicación y con esa ruptura frente a las estructuras tradicionales.

Por eso me llama particularmente la atención cuando escucho o leo a sectores que intentan combatir ese fenómeno desde la descalificación.

Señora Angelita Peña, en diciembre de 2025 usted le dijo a Santiago Matías: “Tu circo no elegirá presidente”. Esa frase fue publicada en respuesta a sus declaraciones sobre su capacidad de movilizar a los jóvenes y tener influencia en las elecciones de 2028.

Pero permítame hacerle una pregunta desde el respeto:

¿Qué le está diciendo usted, indirectamente, a los miles de jóvenes que siguen ese espacio cuando llama “circo” al fenómeno con el que ellos se sienten identificados?

Porque ahí está el problema.

Usted puede cuestionar a Alofoke. Puede cuestionar sus métodos, sus opiniones, sus aspiraciones políticas y hasta puede considerar que no está preparado para dirigir los destinos del país.

Todo eso es perfectamente válido.

Lo que no creo que sea inteligente es descalificar a toda una generación porque no piensa como usted.

Y esto lo digo porque usted misma ha planteado el contraste entre generaciones y las distintas circunstancias que les ha tocado vivir.

Pero precisamente ahí está el punto: sus tiempos no son los tiempos de los jóvenes de hoy.

Usted vivió su juventud en otras circunstancias. Tuvo otras oportunidades, otros códigos sociales, otros mecanismos de movilidad y otras herramientas para abrirse camino.

Incluso usted misma contó una experiencia en la que, para realizar una gestión, envió a su chofer.

Un joven de un barrio dominicano probablemente no tiene esa posibilidad.

Quizás tiene que salir de madrugada, montarse en una guagua pública, hacer transbordo, caminar, llegar tarde a su trabajo y volver a hacer el mismo recorrido para regresar a su casa.

No puede usted comparar ambas realidades como si fueran las mismas.

Y eso tampoco significa que una generación sea mejor que la otra.

Significa que son diferentes.

Y si algo he aprendido trabajando en educación es que usted no puede pretender educar a una generación diciéndole constantemente que su generación era mejor, que antes las cosas se hacían de otra manera o que los jóvenes de ahora no entienden.

Eso no educa.

Eso distancia.

Eso rompe el diálogo.

Y si usted aspira a incidir políticamente, debería saberlo.

Porque una persona que quiere conectar con una generación tiene dos caminos: o entiende los nuevos tiempos y aprende a comunicarse con ellos, o se queda hablando desde el pasado.

Y aquí recuerdo algo que suele plantear Luisín Jiménez y que me parece muy acertado: no se puede pretender conectar con una generación hablándole permanentemente desde la nostalgia de “cuando nosotros éramos jóvenes”.

Porque ya no son esos tiempos.

Y usted tiene dos opciones: adaptarse a los tiempos o quedarse en el pasado.

Adaptarse no significa renunciar a los principios.

No significa aprobarlo todo.

No significa dejar de criticar.

Significa entender que las sociedades cambian, que los lenguajes cambian, que las formas de comunicarnos cambian y que las nuevas generaciones tienen derecho a construir sus propios códigos.

Y aquí entra algo todavía más importante:

La inteligencia también consiste en tener la capacidad de cambiar de opinión.

No porque alguien nos obligue.

No porque hayamos perdido.

Sino porque aprendimos algo nuevo.

Santiago Ramón y Cajal lo expresó de una manera extraordinaria: “Nada me inspira más veneración y asombro que un anciano que sabe cambiar de opinión.”

Eso es inteligencia.

Eso es evolución.

Eso es entender que tener experiencia no significa tener siempre la razón.

Y quizás eso es lo que más necesitamos hoy en la política dominicana: personas con experiencia, sí, pero también con la humildad suficiente para escuchar a quienes vienen detrás.

Porque mientras algunos sectores tradicionales les dicen a los jóvenes que no saben, que no entienden, que no están preparados o que son manipulables, Alofoke les habla en un idioma que ellos entienden.

Y ahí está una parte de la explicación de por qué el fenómeno crece.

No necesariamente porque todo lo que diga sea correcto.

No porque todo lo que represente me guste.

Sino porque ha entendido algo que muchos sectores tradicionales todavía no quieren aceptar: una generación completa está buscando quién la escuche.

Y cuando los espacios tradicionales no la escuchan, esa generación busca otros espacios.

Por eso, quizás deberíamos dejar de preguntarnos únicamente:

“¿Cómo derrotamos a Alofoke?”

Y comenzar a preguntarnos:

“¿Por qué tantos jóvenes sienten que Alofoke los representa?”

Porque quizás el problema no sea solamente Alofoke.

Quizás el verdadero fenómeno sea una juventud que está cansada de que otros hablen por ella.

Y si los sectores tradicionales continúan descalificándola, insultándola o diciéndole que sus tiempos eran mejores, lo único que conseguirán será empujarla todavía más hacia quienes sí están dispuestos a hablarle en su idioma.

Yo sí quiero ver nuevos rostros en la política dominicana.

Quiero jóvenes preparados, con formación, criterio, sensibilidad social, capacidad de administrar y una verdadera visión de país.

No necesariamente quiero el rostro de Alofoke.

Pero sí quiero que aparezcan muchos otros rostros.

Porque quizás este fenómeno, con todas sus contradicciones, termine provocando algo que República Dominicana necesita urgentemente: que una nueva generación se interese por la política, quiera participar y se atreva a decir:

“Ahora también nos toca a nosotros.”

Y eso no debería darnos miedo.

Debería obligarnos a escuchar.