“Yo tengo diferentes versiones, depende del nivel de alcohol… voy a estar con quien yo me sienta cómodo, independientemente del sexo.”
Esa fue una de las declaraciones del diputado Bray Vargas durante una entrevista reciente. Y, como era de esperarse, se convirtió en el titular.
Pero mi reflexión no gira en torno a su orientación sexual. Eso pertenece a su vida privada y merece el mismo respeto que la de cualquier otra persona.
Lo que me preocupa es otra cosa: que hoy estemos hablando de esa declaración y no de su trabajo como diputado.
Como ciudadana, no me interesa con quién decide compartir su vida. Me interesa saber qué leyes ha impulsado, qué problemas ha ayudado a resolver y qué resultados puede mostrar a quienes lo eligieron para representarlos.
Ser servidor público implica una responsabilidad distinta. La investidura no termina cuando se sale del hemiciclo. Quien ocupa un cargo de representación también representa una institución y la confianza de miles de ciudadanos.
El Código de Ética del Legislador establece que, en todas sus actuaciones, los congresistas deben actuar con dignidad y decoro. Este principio refleja la expectativa ciudadana de que quienes ostentan una representación pública comprendan la responsabilidad que acompaña a esa investidura.
No me interesa su orientación sexual. No me interesa su vida privada. Eso forma parte de su intimidad y merece respeto.
Lo que sí me interesa es qué proyectos de ley ha presentado, qué cambios propone para el país, cómo está fiscalizando al Estado y cuál ha sido el impacto de su gestión. Porque eso sí transforma la vida de los dominicanos.
Al final, los funcionarios no pasan a la historia por los titulares sobre su vida personal. Pasan a la historia por las decisiones que toman y por el legado que dejan al país.