Confieso que ver el caso de Wilmaris Ramírez Sánchez me provoca rabia. Me provoca tristeza. Pero, sobre todo, me provoca una profunda impotencia.

Wilmaris tenía 14 años. Él tenía 23. Y aun antes de conocer cómo terminaría esta historia, hay algo que debería resultarnos absolutamente incómodo: ¿en qué cabeza cabe que una niña de 14 años tenga una relación sentimental con un adulto de 23 y que alrededor de ella eso pueda verse como algo normal?

Me molesta escuchar en entrevistas que “eran novios”, que “tenían una relación”, como si esas palabras fueran suficientes para explicar o justificar algo.

No. Era una adolescente.

Una niña que todavía estaba atravesando la transición entre la infancia y la adolescencia. Una niña que tenía derecho a estudiar, a descubrir quién era, a equivocarse en cosas propias de su edad, a pensar en sus 15 años, en sus amigas, en sus sueños.

Su madre contó que preparaba para ella una celebración de 15 años. Y esa parte me rompe todavía más: mientras su familia pensaba en un vestido, una corona y una fiesta, hoy están pensando en justicia y tratando de entender por qué su hija no está aquí.

Pero también tenemos que mirarnos nosotros: a las familias, a los vecinos, a la comunidad, a todos.

¿En qué momento dejamos de preguntarnos qué hace un adulto con una menor? ¿En qué momento una adolescente de 14 años dejó de parecernos demasiado joven para estar con un hombre de 23? ¿En qué momento empezamos a decir “es su novio” en lugar de preguntar: ¿dónde están los adultos que deben protegerla?

Y aquí quiero ser muy clara: esto no es una crítica para señalar con el dedo a una madre que hoy está enterrando a su hija. No conocemos todas las circunstancias de esa familia. No sabemos qué sabía, qué desconocía o qué pudo haber ocurrido dentro de ese hogar.

Pero como sociedad sí tenemos que asumir nuestra responsabilidad. Porque muchas veces vemos cosas. Las sabemos. Las comentamos entre vecinos. Las convertimos en un secreto a voces. Y no hacemos nada.

Hasta que ocurre una tragedia.

Entonces todos nos indignamos. Todos decimos que era una niña.

Pero era una niña antes de morir también.

Y hay otra cosa que me indigna profundamente: que el señalado sea un agente de la Policía Nacional. Un hombre de 23 años que, precisamente por pertenecer a una institución llamada a proteger a la ciudadanía, debería tener todavía más claro dónde están los límites, qué significa ejercer autoridad y qué responsabilidad implica portar un uniforme y un arma.

Se habla de una nueva Policía, de formación, de transformación, de reforma y de un nuevo perfil del agente.

Entonces yo pregunto:

¿Qué estamos formando?

¿De qué sirve hablar de reforma policial si seguimos encontrando conductas que nos hacen pensar que algunas cosas simplemente no han cambiado?

No estoy diciendo que todos los policías sean iguales. Sería injusto y falso. Hay agentes honestos, profesionales y comprometidos.

Pero una reforma verdadera no puede medirse solamente por nuevos uniformes, cursos, academias o discursos institucionales. Se mide también por la conducta de quienes llevan ese uniforme cuando nadie los está mirando.

Y si se confirma que un agente mantenía una relación con una menor de 14 años, eso debería obligarnos a preguntarnos mucho más que quién disparó.

Tenemos que preguntarnos: ¿quién la protegía?, ¿quién sabía?, ¿quién lo vio?, ¿quién pensó que era normal?, ¿quién pudo haber intervenido? ¿Y cuántas niñas más están viviendo situaciones parecidas que todavía no han terminado en una tragedia?

Porque Wilmaris no puede convertirse simplemente en otra noticia que consumimos durante dos días. No puede ser otro nombre que olvidamos cuando aparezca el próximo caso.

Una niña de 14 años no debería necesitar morir para que los adultos entendamos que algo estaba mal.

Y sí, estoy indignada. Pero mi indignación no es solamente contra quien presuntamente terminó con su vida. También es contra esa peligrosa costumbre social de normalizar relaciones entre hombres adultos y niñas, de decir “ella quiso”, “ellos se querían”, “era su novia”, como si una adolescente tuviera que cargar con una responsabilidad que corresponde al adulto.

No. La responsabilidad es del adulto.

Y nuestra responsabilidad como sociedad es no mirar hacia otro lado.

Wilmaris tenía 14 años. No tenía que saber cómo manejar una relación con un adulto. No tenía que entender los peligros del control, los celos, la violencia o el poder.

Los adultos sí teníamos que entenderlo.

Y quizás esa sea la pregunta que más debería dolernos:

¿Cuántas veces vamos a decir “qué pena” después de una tragedia, cuando lo que necesitábamos era decir “esto no está bien” antes de que ocurriera?

Wilmaris merecía cumplir 15 años. Merecía crecer. Merecía equivocarse como adolescente. Merecía descubrir la vida.

Y nosotros, como sociedad, teníamos la obligación de proteger esa posibilidad.