En todos los países, de una forma u otra, existen personas en condiciones socioeconómicas que no pueden suplir sus necesidades básicas, entre ellas: alimentación, salud, vivienda y educación. A eso llamamos miseria (indigencia).

 

En el otro extremo, existen personas e instituciones que, sin importar su nivel o estatus social y económico, se caracterizan por la ausencia de valores. Pueden ser indignos, inmorales, deshonestos, indolentes, poco empáticos, inescrupulosos, antiéticos, corruptos o criminales. A estos, que se ufanan de practicar antivalores, los denominamos “miseria humana”.

 

A los miserables, por estar sumidos en la extrema pobreza, podemos encontrarlos en los cordones de miseria que bordean las ciudades, debajo de los puentes, en ruinas peligrosas, en viviendas y vehículos abandonados, en aceras y contenes, entre muchos otros lugares.

 

En cambio, los representantes de la miseria humana pueden encontrarse en sectores público-privados donde se manipulan evaluaciones fiscales y se dilapidan los recursos del Estado; así como en entornos donde se desarrollan actividades ilícitas como la trata de personas, el proxenetismo, el sicariato, el narcotráfico, el lavado de activos y la competencia desleal. Ayúdeme usted a completar la lista.

 

Mientras quien no tiene cómo cubrir sus necesidades básicas muere progresivamente por enfermedades infectocontagiosas, el portador de antivalores maquina constantemente para determinar la mejor forma de dañar la sociedad. Esto incluye la creación de empresas fantasmas mediante testaferros, con el objetivo de convertirse ilegalmente en suplidores del Estado y blanquear capitales provenientes de actividades ilícitas como la corrupción administrativa, el soborno y el narcotráfico.

 

Otro escenario donde se evidencia esta desigualdad es el estamento judicial. Allí, muchos indigentes permanecen en prisión sin cargos formales o sin ser juzgados, mientras que actores vinculados a la miseria humana —especialmente los de cuello blanco han gozado de una especie de salvoconducto, desde épocas en que los jueces eran designados por el Poder Ejecutivo hasta la actualidad, donde aún persisten señalamientos de influencia política. No obstante, es justo reconocer que se han dado algunos avances.

 

Me gusta ser iluso; por eso guardo la esperanza de que algún día no existan indigentes, y que los recursos hoy consumidos por la corrupción, así como los recuperados mediante procesos judiciales, sean destinados a mejorar su calidad de vida.

 

Para que esto ocurra, los miembros de la judicatura y del Ministerio Público deben ser seleccionados de manera transparente por instancias independientes de los círculos políticos. Asimismo, las universidades deben formar especialistas en ética profesional, capaces de fortalecer la formación de los profesionales del derecho en un área en la que tanto se necesita.

 

La falta de ética y compromiso en un alto porcentaje de los actores del ámbito jurídico provoca que muchos indigentes sean condenados injustamente, mientras numerosos representantes de la miseria humana continúan en total impunidad.

 

Cuando las sociedades son contaminadas por este flagelo, quedan expuestas a grandes retrocesos que pueden derivar en transformaciones profundas y dolorosas.

 

Esto ocurre porque, cuando la miseria humana crece de forma desmedida, no solo debilita la institucionalidad, sino que amplía brechas en áreas como pobreza, educación, salud, vivienda, tecnología y oportunidades.

 

En los países donde la miseria humana penetra la médula de la sociedad, los conflictos de interés y de poder generan profundas divisiones en el liderazgo. Cada sector intenta imponer su criterio para controlar espacios de poder político y económico. Cuando no logran sus objetivos, algunos optan por inducir al fracaso del sistema para luego presentarse como salvadores.

 

Debemos tener presente que la miseria, entendida como indigencia, se combate con políticas públicas de asistencia social bien diseñadas y enfocadas. Sin embargo, quienes promueven la miseria humana suelen oponerse a estas medidas, ya que, a mayor pobreza, mayor es su capacidad de manipulación. En ella se sostienen y, mediante estrategias calculadas, ocultan sus verdaderas intenciones.