Cuando un gobierno decide destinar miles de millones de pesos a una obra de infraestructura en una provincia, se abre una oportunidad que merece ser examinada con buena fe, responsabilidad y visión de futuro. Las inversiones públicas de esta magnitud no se presentan todos los días, y sus consecuencias pueden marcar el destino económico de una región durante generaciones.

La proyectada carretera del Ámbar, que conectará directamente a Santiago con Puerto Plata, representa precisamente una de esas grandes oportunidades. Se trata de una infraestructura cuya construcción ha sido adjudicada por RD Vial por RD$28,800 millones, con la promesa de reducir considerablemente el tiempo de desplazamiento entre ambas provincias.

No hay desarrollo económico sostenible sin inversión. Las carreteras, los puertos, los aeropuertos, las industrias y las instalaciones turísticas que hoy sostienen buena parte de nuestra economía fueron, en algún momento, proyectos que exigieron transformar espacios y asumir decisiones difíciles.

Un ejemplo que merece consideración es la autopista Santo Domingo–Samaná, inaugurada en junio de 2008. Antes de su construcción, llegar desde la capital hasta la península de Samaná requería un recorrido considerablemente más largo. La nueva vía redujo las distancias y facilitó el acceso a una región de extraordinario potencial turístico.

Aquella infraestructura fue construida atravesando territorios de gran sensibilidad ecológica, próximos al parque nacional Los Haitises, sin que ello significara la desaparición de esta área protegida. La experiencia demuestra que una carretera puede funcionar junto a un área natural protegida, aunque esa coexistencia no elimina la necesidad de evaluar y controlar sus impactos ambientales.

Hoy, la autopista del Nordeste constituye una conexión importante para residentes, comerciantes y visitantes. También recuerda que el progreso requiere planificación, inversión y decisiones que deben ser examinadas por sus resultados, no únicamente por los temores que suscitan antes de materializarse.

Puerto Plata posee condiciones excepcionales para aprovechar una mejor conectividad terrestre: playas, hoteles, puertos, aeropuerto internacional, comercio, agricultura, desarrollos inmobiliarios y una ubicación privilegiada dentro de la región Norte. Una carretera moderna podría ampliar sus oportunidades comerciales, facilitar el transporte de mercancías y acercarla a importantes mercados nacionales.

Naturalmente, existen preocupaciones ambientales que merecen respuestas técnicas. Ninguna obra de esta naturaleza está exenta de impactos. Sin embargo, tampoco resulta correcto considerar que toda intervención sobre el territorio constituye, por sí misma, una destrucción irreparable de la naturaleza.

La verdadera discusión debe concentrarse en el trazado definitivo, los estudios de impacto ambiental, la protección de las cuencas hidrográficas, la estabilidad de los terrenos, las medidas de mitigación y la vigilancia de las autoridades durante la construcción.

El país necesita tanto sus recursos naturales como las infraestructuras que permiten desarrollar sus actividades económicas. Ambos objetivos deben conciliarse mediante una ingeniería responsable, el cumplimiento de la legislación ambiental y una supervisión efectiva.

El debate sobre la carretera del Ámbar no debería convertirse en un enfrentamiento entre quienes desean crecimiento económico y quienes defienden el medio ambiente. La defensa de la naturaleza no es necesariamente enemiga del progreso, como tampoco una inversión multimillonaria garantiza, por sí sola, el desarrollo.

Lo importante es que Puerto Plata pueda valorar esta oportunidad con información objetiva, exigir que los compromisos ambientales se cumplan y procurar que los beneficios económicos alcancen a sus comunidades.

El progreso exige inversión, pero también responsabilidad. Y una provincia que aspira a desarrollarse debe participar activamente en las decisiones que definirán su futuro.