Franklin Abarúa, mi compañero del bachillerato, del Judo, del trote, del tablero y de las caminatas interminables, es un pintor prolífico. Vive en España. Por encargo, se pasaba horas pintando un mural en cualquier pared de las de La Vega.

Abarúa permanecía por horas y hasta días diseñando con pincel en manos, lo que la inteligencia artificial realiza hoy en segundos.

Pero no creaba memes alusivos a la guerra. Su sensibilidad no le permitía herir el corazón del universo haciendo alusión, de relajo, a una cosa tan seria como es la guerra. Algo tan fuera de tiempo, tan nocivo y tan cavernario.  

Según se ve, no hemos aprendimos nada de las lecciones del pasado. Unos calculando cómo, de qué forma apropiarse de los recursos de otros y una masa amorfa diseñando memes con inteligencia artificial en son de burla.  

Si bien es cierto que cuando nos reímos de nuestras propias desgracias es porque ya no son desgracias si no acomodos emocionales, la situación actual podría retratar la degradación existencial del ser “pensante”.

¿Acaso somos nosotros mismos, memes, memes del sistema, marionetas de un estado de cosas que cada día nos empuja a la destrucción? 

¿La IA que está en camino, en desarrollo, por llegar; es que ya llegó y nos convirtió a todos en memes?