Cuidemos el destino Puerto Plata
Al salir, nos encaminamos por las estrechas calles del lugar con la finalidad de tomar algún refrigerio y comprar imágenes sagradas para regalar a nuestros familiares en República Dominicana. El grupo con el que andaba estaba compuesto por ocho o nueve personas que, casualmente, salimos juntas de la Capilla.
Una vez, estando en Roma, visitábamos el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano. En el autobús de 60 pasajeros, cerca de mi asiento, se encontraba Martha, una muchacha de unos 35 años con cara de inocencia.
Antes de desmontarnos, nos advirtieron que tuviésemos cuidado con los carteristas, que vigiláramos nuestras pertenencias permanentemente y que, al utilizar el celular, lo hiciéramos con cautela.
Salimos del autobús e inmediatamente comenzamos a hacer la fila para entrar a la Capilla Sixtina, cumbre del Renacimiento italiano y uno de los tesoros más grandes del patrimonio cultural de la humanidad. Al entrar y permanecer por unos minutos en el lugar, nos sorprendimos gratamente. ¡Cuánta belleza, cuánta historia!
Al salir, nos encaminamos por las estrechas calles del lugar con la finalidad de tomar algún refrigerio y comprar imágenes sagradas para regalar a nuestros familiares en República Dominicana. El grupo con el que andaba estaba compuesto por ocho o nueve personas que, casualmente, salimos juntas de la Capilla.
Nos detuvimos en un puesto de venta y comenzamos a mirar las imágenes. Martha tomó en sus manos una hermosa escultura de la Virgen María. Tenía aproximadamente pie y medio de alto, estaba tallada en mármol de color blanco opaco y, sobre su cabeza, llevaba un manto azul claro. Era hermosa.
En el instante en que Martha se disponía a comprarla, nos llegó el mensaje de que el autobús estaba saliendo y debíamos apurar el paso. Todos los demás ya se encontraban en sus asientos. El vendedor y la ilusionada compradora, después de un breve regateo, llegaron a un acuerdo económico. Hecha la compra, el vendedor le dijo que esa virgen estaba en exhibición y que, por eso, prefería buscarle una nueva que no hubiese sido tocada por nadie.
El vendedor salió y al minuto regresó con una caja sellada en la que, supuestamente, se encontraba la preciosa escultura.
Martha pagó, salimos presurosos y entramos al autobús. Todo era risas y admiración por la gran experiencia vivida. Camino a nuestro próximo destino, tras unos diez minutos de marcha, ella decidió destapar la caja que contenía el preciado regalo para su abuela. ¡Vaya sorpresa! La caja no contenía la estatua; en su lugar, encontró un pedazo de piedra con un peso y dimensión similares. ¡Qué decepción!
El vendedor aprovechó nuestra prisa y decidió engañar a aquella joven. No sabe el vendedor que unos pocos euros no resolverán sus problemas y que, en cambio, le quitó toda la ilusión a una turista que pudo haber vuelto, pero que ya no lo hará. Las lágrimas de frustración mojaron sus mejillas. Todos quedamos atónitos; no fuimos advertidos sobre ese tipo de estafas. Pasamos un mal rato.
Hago esta narración con la finalidad de que en Puerto Plata nos miremos en ese espejo. Cuando usted, como taxista, le cobra de más a un turista, es el destino el que pierde. Cuando usted, como guía, intenta "liquidarse" con un solo servicio o cuando, como dueño de una tienda de regalos, restaurante o cualquier negocio turístico, abusa con los precios, es el destino el que pierde.
Seamos cautelosos y cuidemos el destino. Ya tenemos amargas experiencias producto de este tipo de comportamientos.