Por estos días, el nombre de Mario Redondo Llenas ha vuelto a circular con una fuerza inquietante. No por el hecho que marcó a una generación ese nunca se ha ido, sino por lo que viene después: su salida en libertad el pasado 6 de mayo y, más aún, la antesala de su reaparición pública en la entrevista que se anuncia en Panorama.
Y es ahí donde hay que hacer una pausa incómoda.
Porque esto ya no es solo un caso judicial cerrado. Esto es otra cosa. Esto es narrativa. Esto es construcción de imagen. Esto, si no se maneja con extremo cuidado, puede convertirse en espectáculo.
Hay un dato que no debería pasar desapercibido: durante su tiempo en prisión, Redondo Llenas solicitó autorización para escribir artículos de opinión. Le fue negado. No por capricho, sino por una lógica institucional comprensible: evitar que una figura asociada a un crimen tan doloroso adquiriera visibilidad pública desde el encierro.
Hoy, en libertad, ese límite desaparece. Y lo que vimos en sus primeras declaraciones frías, medidas, centradas en el repetido “yo cumplí” no parece improvisado. Parece preparado.
Y eso, psicológicamente, importa.
Porque el lenguaje no solo comunica; también revela. Cuando el eje del discurso es el cumplimiento de la pena, y no el reconocimiento del daño, lo que emerge no es necesariamente arrepentimiento, sino posicionamiento. No es empatía, sino control narrativo.
Y ahí es donde comienza el riesgo.
Vivimos en una sociedad que, como diría Gianni Vattimo, ha relativizado los grandes relatos. En esta posmodernidad líquida, todo puede convertirse en contenido. Incluso el horror.
Libros. Entrevistas. Documentales. Seguidores.
La lógica es simple y peligrosa: si genera atención, se convierte en producto.
Y no es teoría. La psicología lo ha estudiado. Existe la hibristofilia: la atracción hacia personas que han cometido crímenes. Existe también ese fenómeno cultural que popularmente se asocia al “síndrome de Bonnie and Clyde”, donde el criminal deja de ser visto como lo que es para convertirse en figura de fascinación.
En ese ecosistema, un individuo puede pasar, con una narrativa bien construida, de ser un símbolo del mal a un personaje mediático.
Y eso vende.
Pero hay algo que no podemos perder de vista, aunque el ruido mediático intente taparlo:
Aquí hubo una víctima.
Aquí hay una familia.
Hagamos el ejercicio que proponía Emmanuel Levinas: pongámonos frente al rostro del otro.
Imagínese usted siendo ese padre.
Treinta años después.
Treinta años cargando una ausencia que no prescribe.
Y un día cualquiera, en un país pequeño como el nuestro, usted sale, intenta vivir, intenta sostener lo que queda de normalidad… y se lo encuentra.
O peor aún: enciende el televisor y lo ve hablando. Explicándose. Posicionándose. Tal vez, incluso, siendo escuchado con interés.
Dígame usted, con honestidad brutal: ¿qué hace un padre con eso?
Porque una cosa es el perdón como ideal religioso, y otra muy distinta es el impacto emocional real de revivir el dolor en el espacio público.
Eso, como diríamos aquí, no es lo mismo con guitarra que con violín.
¿De verdad creemos que la sociedad está obligada a procesar eso con la misma frialdad con la que la ley cierra un expediente?
La ley dice: cumplió.
La vida. La emocional, la humana dice otra cosa.
Aquí es donde muchas veces confundimos planos: el jurídico, el moral y el psicológico.
Sí, una persona puede cumplir su condena.
Sí, tiene derecho a rehacer su vida.
Pero no todo derecho implica exposición.
No toda reinserción necesita micrófono.
Hay otro elemento que no podemos ignorar: la semiótica del crimen.
El caso no envejeció. Se congeló en la memoria colectiva. Para muchos, sigue siendo “el muchacho”. Un ícono negativo fijado en el tiempo. Y cuando ese ícono reaparece, no lo hace como un ciudadano cualquiera. Regresa cargado de significado.
En la era de las redes, ese significado puede mutar.
Y ahí es donde cabe la advertencia: cuidadito con fabricar un influencer del crimen.
Porque esta sociedad, pequeña, intensamente conectada y emocionalmente cargada, puede amplificar lo que no debería.
Esto no es un juicio. Es una advertencia.
Cuidadito. Cuidadito con romantizar.
Cuidadito con convertir en contenido lo que sigue siendo herida.
Cuidadito con olvidar que, mientras unos quieren escuchar la historia… otros todavía están intentando sobrevivirla.
Porque, al final, una sociedad no solo se mide por su sistema de justicia… sino por su capacidad de empatía.
Y por su decisión consciente de no convertir el dolor en entretenimiento.
Esto no es un llamado a negar derechos. Es un llamado a ejercer criterio.
A los medios tradicionales y, sobre todo, a los no tradicionales.
A los que entrevistan. A los que consumen. A los que comparten.
No todo lo que se puede contar debe convertirse en contenido. No todo testimonio aporta. No toda historia merece ser amplificada.
Tal vez, desde un punto de vista pragmático, la opción más sensata sea el silencio. O incluso la distancia. Porque hay casos en los que la verdadera reinserción no pasa por la visibilidad, sino por la discreción.
No por el foco, sino por la sombra.
Porque hay heridas que no cicatrizan con discursos. Y hay memorias que no resisten el espectáculo.
Y porque, al final, una sociedad no se define solo por cómo castiga… sino por lo que decide no convertir el dolor de una familia y un crimen atroz en entretenimiento.
P.D. Quizá este sea un gesto pequeño, pero consciente.
No voy a compartir su imagen. No voy a amplificar su voz.
No por castigo, sino por respeto. Prefiero recordar a ese niño.
Dejar ahí el foco. Donde siempre debió estar.
Tal vez su familia nunca lea esto… pero si alguna vez lo hace, ojalá sienta que no todo es ruido, que también hay quienes eligen la empatía.
Desde aquí, en silencio, les envío un abrazo.
Porque a veces, la forma más humana de acompañar… es no convertir el dolor en eco.