Algunos comentarios y críticas sobre Bad Bunny en el Super Bowl dicen más de nosotros como espectadores que del artista en sí. El arte, por definición, no existe para gustar a todos, sino para provocar, incomodar, emocionar, cuestionar y abrir conversaciones. Es, en esencia, una experiencia subjetiva.

 

Una canción, como una obra pictórica o una performance, conecta de manera distinta según el contexto emocional, cultural e intelectual de quien la recibe. Lo que para unos puede parecer banal, para otros puede ser profundamente significativo. Esa es la naturaleza del arte: plural, contradictorio, incómodo y, muchas veces, transformador.

 

No es la primera vez que el escenario del Super Bowl acoge artistas considerados polémicos o “fuera del canon”. Eminem, Snoop Dogg, Dr. Dre, Lady Gaga, Madonna, Beyoncé o Prince fueron criticados en su momento por su estética, su lenguaje o su simbolismo. Hoy sus presentaciones son historia de la cultura pop. Bad Bunny entra en esa misma conversación: no desde el rock clásico ni desde la ópera, sino desde el lenguaje del barrio, de la calle, del Caribe y de la juventud latinoamericana contemporánea.

 

Y ahí radica su relevancia: Bad Bunny habla el idioma de este tiempo. Es un artista que no traduce su identidad para agradar; la expone, la afirma y la pone en el centro del espectáculo más visto del planeta. Por primera vez, un halftime show completamente en español, con símbolos caribeños, con banderas latinas implícitas y con una narrativa que no pidió permiso para existir.

 

Su presencia fue un acto cultural y político en un momento complejo para la migración y la identidad latina en Estados Unidos. Fue un grito colectivo: aquí estamos, existimos, creamos, influimos. No fue solo música; fue representación.

 

Además, hay una dimensión que muchos críticos ignoran: la inspiración. Para ese joven que escribe letras en una libreta desde un barrio de Puerto Rico, República Dominicana, Colombia o Panamá, Bad Bunny no es solo un artista polémico; es una grieta en el techo. Es la prueba de que el origen no determina el destino. En 2016 trabajaba en un supermercado; hoy canta en español en el escenario más visto del mundo. Eso, para miles, no es marketing: es esperanza.

 

El arte no es uniforme ni elitista. Benedetti y Bukowski coexistieron; lo sublime y lo crudo pueden ser poesía. Del mismo modo, un reguetonero del Caribe no tiene que sonar como un tenor europeo para ser legítimo. El arte es contexto, experiencia, memoria y emoción.

 

Bad Bunny, guste o no, es una expresión auténtica de su tiempo. Y en un mundo donde la identidad latina ha sido históricamente marginalizada, verlo ocupar ese espacio sin pedir permiso es, en sí mismo, un acto de cultura.

 

Quizás el debate no debería ser si nos gusta o no. Quizás deberíamos preguntarnos qué significa que, por primera vez, millones escucharan el idioma de América Latina en el corazón del espectáculo más global del planeta. Porque eso no fue solo un show. Fue un mensaje. Fue identidad. Fue historia en español.