A propósito de los comentarios recientes entre Luisín Jiménez, Tania Báez y otras voces femeninas del ámbito mediático, considero pertinente compartir una reflexión desde un enfoque respetuoso y crítico.

 

Se dijeron cosas que, a mi juicio, fueron desacertadas desde ambas partes. Por un lado, Luisín mencionó que “una mujer de 60 años ya no tiene derecho a elegir”. Por otro, como expresó Zoila Luna, refiriéndose a los hombres de esa edad: “Si ustedes no pagan, no tienen, porque ustedes son por lo que dan, no por lo que son”.

 

Ambas afirmaciones revelan percepciones problemáticas sobre las relaciones humanas. Una mujer tiene derecho a elegir a cualquier edad, así como ningún hombre debería ser reducido al rol de proveedor económico. Cuando una relación se define desde la lógica del “pago” o la transacción, deja de ser una elección auténtica y se convierte en un intercambio desigual que distorsiona la dignidad de quienes participan en ella.

 

Sin embargo, también es comprensible la postura de muchas mujeres que afirman que “no piden, pero necesitan”. Una relación sana implica inversión: tiempo, energía, atención y presencia. No se trata de dominación ni dependencia, sino de compromiso emocional. En su expresión más saludable, la energía masculina implica cuidar, proteger, proveer y estar presente, mientras que la energía femenina busca sentirse apoyada, elegida y acompañada.

 

Una mujer puede ser independiente, productiva y autosuficiente, y aun así necesitar detalles, tiempo y presencia real. Eso, de hecho, suele ser lo más valioso, y es lo que con frecuencia se descuida. Aunque no se verbalice, se percibe.

 

El problema surge cuando se reduce la relación a una ecuación económica: el hombre como proveedor absoluto y la mujer como receptora pasiva. No se trata de que la mujer vea al hombre como una billetera, ni de que el hombre mida su valor por lo que puede ofrecer materialmente. Se trata de reciprocidad, presencia y gestos genuinos que sostienen el vínculo.

 

En el fondo, una pareja saludable es aquella en la que ambos se eligen desde el respeto, sin transacciones implícitas ni expectativas que conviertan el vínculo en un contrato económico. No se trata de elegir a alguien por lo que puede comprar, sino por lo que se comparte: crecimiento, complicidad, cuidado y proyecto de vida.

 

Este debate ha generado un ruido mediático que quizás pudo evitarse, pero también evidencia un fenómeno inevitable: cuando la vida personal se expone en el espacio público, se convierte en objeto de interpretación, juicio y discusión colectiva. Ese es el riesgo y la consecuencia de la vida pública en la era digital.

 

Al final, las relaciones humanas no dependen de la edad ni del dinero, sino de la autenticidad, el respeto y la capacidad de elegir y ser elegido desde la dignidad.