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Moral social, Ética pública y Corrupción

Ultima Actualización: jueves, 30 de enero de 2020. Por: Luis Columna Solano

Para muchos, la ética y la moral significan lo mismo, sin embargo, a pesar de que tienen muchos aspectos similares, no lo son.

Para muchos, la ética y la moral significan lo mismo, sin embargo, a pesar de que tienen muchos aspectos similares, no lo son. La sociedad dominicana,  por ejemplo, como cualquier otra, tiene un sinnúmero de pautas y reglas de lo que debe ser correcto e incorrecto, pero, también, cada ciudadano, de forma privada, ejerce su propia moral.

La ética, en su dimensión más alta, podría decirse que es el conjunto de valores  e instituciones individuales o grupales de lo que debe ser visto como correcto e  incorrecto -como apuntamos en el párrafo anterior-, así como de lo que se debe o no se debe hacer. En tal sentido, la ética privada es individual de cada persona, cualidad que, muchas veces, choca con la Ley y las normas sociales establecidas por el gobierno.

El peligro está cuando las sociedades terminan estructuralmente aceptando ciertas reglas morales como propias en nombre del Estado. Cuando esto pasa, siempre habrá una minoría que sufra los efectos negativos de la misma; es el caso de los países que terminan incorporando a su Constitución cuestiones de orden religiosa. En nuestro país, por ejemplo, acabamos de celebrar el día de la Virgen de la Altagracia, reconocida por la sociedad como la patrona del pueblo dominicano. Si ese día una minoría protestante hiciera un comentario negativo sobre la madre de Dios, basado en la crítica a la idolatría, podría encontrar un feligrés que fácilmente le agreda verbalmente.

Asimismo sucumben en anarquía aquellos pueblos y demás grupos humanos que, por falta de solidez en sus pilares éticos y moral privada, terminan aceptando la corrupción como  práctica habitual en todos los actos de su vida pública. Cuando se llega a este punto, se puede afirmar que está en crisis la moral social, pues el mal se hace endémico por cuestión de orden cultural.

Para tener una sociedad más justa, es imperecedero que los ciudadanos  exijan a los gobiernos administraciones públicas e instituciones fuertes, y eso sólo se logra a través del fortalecimiento de la ética privada que no es otra que la concepción personal de cada individuo de lo correcto e incorrecto. Ahí es donde entran la educación primaria en el hogar, la intolerancia ciudadana a los actos de corrupción, con partidos políticos comprometidos con el buen manejo del dinero de los contribuyentes, y la implantación de códigos de pautas éticas en  todas las instituciones estatales.

También en el ámbito privado de la sociedad, los sindicatos, gremios profesionales, entidades empresariales y medios de comunicación, igualmente deben trabajar para rechazar los actos de corrupción y todo aquello que devenga en actividad antidemocrática. Si, por el contrario, desde el sector privado se intenta corromper al servidor público, es lo que yo suelo llamar corrupción al revés.

Un ejemplo clásico de sociedades éticamente correctas son los países nórdicos y anglosajones. En aquellos lugares la calidad del ciudadano pasa tolerancia cero  a la corrupción hasta en el núcleo familiar. No obstante, corrupción como tal siempre existirá, sin embargo, en estos países y regiones, está reducida a su mínima expresión, al punto que, cuando es identificada, el corrupto desea no haber nacido por el proceso de exclusión social tanto en lo público como en la vida privada.

Esto demuestra en parte la razón del porqué el desarrollo humano en todos los órdenes va organizado por regiones. Pero en un acto de justicia, hemos de aclarar que lo moral y lo ético como punto de inflexión entre lo bueno y lo malo, correcto e incorrecto, puede variar por cuestiones geográfica y demográfica. No obstante, hay reglas claras para todos.