SOBRE DEMOCRACIA Y MERCADOS EN TIEMPOS DE CRISIS
Fue el extraordinario pensador y activista germano Günther Anders quien empleó la expresión "desnivel prometeico" para describir la relación que habría de establecerse entre la especie humana y la energía nuclear después del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki: ¿podría la Humanidad controlar esas fuerzas tan ominosas, tan desmedidas, que la misma Humanidad había convocado, pero que ahora hipotecarían para siempre su destino, e incluso su nuda supervivencia?
La plena globalización del capitalismo representa una extraordinaria mutación histórica que sólo ha sido posible gracias a una gravosa hipoteca económica, pero también ecológica, política o cultural, sobre el conjunto del planeta, las instituciones y la misma Humanidad, que han quedado reducidos a casino, empleados y fichas del gran juego capitalista global. El planeta entero y la entera experiencia humana han sido hipotecadas para inyectar más y más liquidez sobre el tapete de esta timba titánica y demente. Si aún en el pasado, cuando los mercados estaban mucho más embridados por las barreras geográficas y políticas, era necesario un empeño revolucionario y muchas veces trágico para someter las fuerzas económicas al imperio de la ley y la voluntad popular, ¿qué valen ahora el raciocinio y la soberanía democráticas frente a estos dispositivos fantasmáticos, monstruosos, inconmensurables, que nos gobiernan? Este abismal "desnivel prometeico" entre globalización y democracia comienza ya desde la misma definición y discusión pública del problema: como ha quedado sobradamente en evidencia a lo largo de la presente crisis económica, el sofisticado desorden de los mercados financieros globales puede condicionar de un modo catastrófico el destino del conjunto de la Humanidad, pero... ¿cuántos son en realidad los ciudadanos (incluyendo a buena parte de nuestros representantes políticos) que disponen del suficiente conocimiento acerca de estos dispositivos económicos globalizados y su funcionamiento como para ponerlos en cuestión y explorar sus alternativas? ¿De qué legitimidad y eficacia pueden gozar la representación democrática y las instituciones políticas, cuando un factor tan decisivo para nuestra existencia en común como la economía se ha vuelto tan opaco, ajeno e intangible para las más amplias mayorías? ¿Cómo puede razonarse, debatirse o votarse lo que no se conoce, lo que no se comprende, lo que tantas veces ni siquiera puede nombrarse?
Ante semejante desafío, no hay margen para recetas ni consuelos sencillos. Aturullados por la bobería mediática y política imperante (que deja para el anecdotario majaderías antológicas como la de los dichosos y mendaces "brotes verdes"), nos preguntamos si el año que viene habremos dejado atrás esta crisis, cuando la pregunta correcta es si bastará con una generación para superar sus efectos. Pero existen respuestas de emergencia que sí pueden ayudar a las comunidades humanas a recuperar parte de su soberanía y tomar posiciones ante el problema, trazando barreras defensivas ante esta hipoteca integral de su existencia: obstaculizar la penetración de las grandes corporaciones transnacionales (como los monopolistas de la distribución alimentaria) en las economías locales; impedir su contaminación con inversiones puramente especulativas (como las de los fondos de capital-riesgo); defender sus empresas y servicios públicos (como la educación o la salud) y sus bienes comunes (como el suelo, el agua o las fuentes de energía) frente a los proyectos para su privatización; democratizar y racionalizar la vida económica mediante instrumentos (como el reparto del trabajo, la renta básica de ciudadanía, los presupuestos participativos o la soberanía alimentaria) antagónicos del totalitarismo de mercado... Las comunidades humanas que sean capaces de movilizarse decisivamente en torno a estas líneas de defensa no sólo verán a corto plazo mejor protegidos sus empleos, sus empresas, sus instituciones democráticas o su medio ambiente frente a los embates del desorden global, sino que se convertirán en contribuyentes netas en la lucha a largo plazo por, en aquellas palabras sabias e inspiradas de Manuel Sacristán, "una Humanidad más justa en un planeta habitable". Lucha que fue un día signo de identidad del legendario Prometeo ante la ciega voluntad de dioses terribles, y hoy lo es de todos y cada uno de nosotros y de nuestras comunidades, invariablemente amenazadas, a lo largo y ancho de la geografía planetaria, por esta hipoteca arbitraria, injusta y odiosa para nuestra dignidad y nuestra supervivencia que hemos convenido en denominar globalización capitalista.
Fuente:jfmoriche.blogspot.com