Puerto Plata posee una fisonomía geográfica particular: una red de ríos de recorridos cortos y corrientes rápidas que bajan con fuerza desde la Sierra Septentrional (comúnmente mal llamada Cordillera) hacia el Atlántico. Esta configuración da vida a nuestras cuencas hidrográficas, de las cuales tres destacan por su extensión e importancia vital:  Bajabonico, Yásica y Camú del Norte.

Para entender el valor de este sistema, debemos ver la cuenca como algo más que un río; es ese territorio delimitado por las montañas donde cada gota de lluvia busca el mar a través de un mismo cauce. No es solo geografía: es el sustento de nuestra ecología, el motor de nuestro ecoturismo de charcos y cascadas, y la fuente principal de agua para nuestra gente. Sin embargo, hoy este sistema se enfrenta a un desafío silencioso pero voraz: el estrés hídrico.

Si miramos hacia atrás, la historia de Puerto Plata ha estado marcada por la lucha por el abastecimiento. Es curioso recordar que los primeros acueductos nacieron de la ceniza; tras el incendio que semidestruyó el pueblo en 1871, la falta de agua para combatirlo obligó a la creación de infraestructura en 1872. Más tarde, en 1901, entró en servicio el arroyo El Violón que contra todo pronóstico sigue funcionando hoy en día, ya entre 1969 y 1972 se dotó a la ciudad de un nuevo acueducto desde el río Yásica en Madre Vieja, Sosúa.

Pero aquí es donde la realidad nos alcanza: ese acueducto fue pensado para una población que en los años 70 no llegaba a los 40,000 habitantes. Hoy, con una población que ronda los 300,000 según el último censo, es evidente que arrastramos una deuda de planificación de décadas.

Gestionar el agua hoy no es solo un asunto de tuberías. Es entender que si no conservamos los ecosistemas y las zonas de infiltración en las partes altas, las lluvias intensas terminarán siempre en inundaciones en las partes bajas. El cambio climático ya no es una teoría, sino un escenario de sequías largas y aguaceros extremos que nos obliga a proteger nuestros bosques y detener la deforestación de la Sierra, que actúa como nuestra gran reguladora natural.

Ante este panorama, la solución no puede venir de un solo sector. Como académico, estoy convencido de que Puerto Plata necesita un organismo de gobernanza donde se sienten a la mesa el Estado, las empresas, la academia y las ONGs. Hablo de un modelo que ya rinde frutos en otros puntos del país: los Fondos de Agua, como el del Yaque del Norte o el de Santo Domingo.

Estos fondos no son más que mecanismos donde todos los sectores colaboran para captar recursos y destinarlos a lo que realmente importa: proteger las montañas que fabrican nuestra agua. Por eso, surge la necesidad urgente de crear en nuestra provincia un Fondo Agua del Atlántico.

No podemos esperar a que la crisis sea irreversible. En una próxima entrega, compartiré con ustedes cómo funcionan estos fondos y qué lecciones nos dejan los lugares donde ya están transformando la gestión del agua. Al final del día, se trata de asegurar que el agua siga bajando de la Sierra para las generaciones que vienen.