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Políticos marginales y anacrónicos

Ultima Actualización: sábado, 21 de abril de 2018. Por: Ariel Heredia Ricardo

Estamos en el campo de la transferencia de la comunicación, el de la palabra, de la red, que se apropia desde los ademanes y posturas.

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Estamos en el campo de la transferencia de la comunicación, el de la palabra, de la red, que se apropia desde los ademanes y posturas -pasando por los cultos, ceremonias y melodías– hasta los cantos de sirena de siempre.

Si asimilamos el sistema de comunicación solemne y doctrinario de los ministros, por ejemplo de siglos anteriores, vemos que no hay nada que contraponer con los mismos estilos que hoy se adoptan anacrónicamente.   

De tal manera que, aparentemente, los guionistas de la política aún no se han dado cuenta de que esta se ha secularizado, por cuanto que es cada vez menos el arte que debería ser, por concebirse como una enseñanza de la cual también aprendemos cada vez menos, y por manifestarse como un conjunto de opiniones, en su caso sobre la gestión de la sociedad y los países.

Y sobre todo, porque en la demasiado larga travesía de los partidos, estos han ido arrinconando el espíritu y el sentido por los que nacieron, su pasión y entusiasmo por intentar defender proyectos  humanistas y modelos políticos válidos y consecuentes para toda la ciudadanía y acreditar -hacer creíble- la democracia con alma de tolerancia y de libertad.

Todo grupo político, religioso, deportivo, a través de su  práctica de creencias disputa a brazo partido su hueco y lugar en el espacio respectivo; y lo hace con la fuerza de su fe.

Así, y por naturaleza, no deja de ser temiblemente sectario –El partido o la nada; Todo el que no está conmigo, está contra mí-. El propio nombre ‘partido’ parece decirlo todo. Partir es igual que dividir.

Sé por experiencia que la política activa institucional significa armarse de valor con  baterías de estrategias para finiquitar al contrario, al otro, con la mayor fuerza y el mayor desprecio posible en la actividad política, con el único fin de tomar el poder o seguir en él, mediante la cultura del truco y el ataque y en un medio de paupérrima diversidad ideológica.

El ciudadano nunca ha estado más concienciado de la red pública como ahora, pero los que han podido controlar el descalabro han dejado la arena política descarnada que da miedo verla, como las playas cuando son golpeada por un huracán. Así está la política en este tiempo.

Sin embargo, los ciudadanos ya no respetan a los políticos -siempre hablando en general- porque, suponiéndoseles racionales y representantes de la ciudadanía, dan visos de ser cavernícolas. Los votantes ya no quieren votar, se sienten engañados. Sí quieren participar para cambiar, al menos, su entorno, su medio más próximo, y para que sean bien gestionados sus dineros, su trabajo y su bienestar -el que los tenga-.

Los muchos ataques y befas, sátiras, insultos, palabrería, como maniobras y adulteraciones, son brutales. Pero en la calle, en los de a pie, también encontramos cantidad de insustancialidad, tacañería y mala intención, sin unos mínimos marcos de seguridad para ello.

A una escasez de argumentaciones, aparece la ofensa que la reemplaza. Nos cerramos, falsificamos y viciamos para calumniar y difamar. Deberíamos, primero, tener respeto por el que piensa diferente -de ahí la bondad del librepensamiento-, y educación. Y huir siempre, por principios, de la tacañería intelectual, de la insuficiencia ética y de la indignidad, por decirlo de alguna manera.