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Credibilidad ambigua en nuestros políticos

Ultima Actualización: miércoles, 03 de enero de 2018. Por: Ariel Heredia Ricardo

La credibilidad sobre los políticos dominicanos suele ser ambigua. Se les considera a la vez imprescindibles e inevitables, una necesidad y un obstáculo.

La credibilidad sobre los políticos dominicanos suele ser ambigua. Se les considera a la vez imprescindibles e inevitables, una necesidad y un obstáculo. Y aunque para muchos sea una evidencia su descrédito, la animosidad hacia ellos conforma una mezcla indiscriminada de prejuicios y buenas razones.

 

La democracia, decían los viejos maestros, no puede cumplir todas sus promesas. La brecha entre aquello a lo que aspira y lo que obtiene aboca al descontento y a la insatisfacción. De ahí que pidieran a los ciudadanos moderar sus demandas y a los políticos reconocer el alcance limitado de sus posibilidades. Que las democracias decepcionen, pues, natural. Pero que defrauden, no, porque destruye sus fundamentos.

 

Resultan fraudulentas cuando las trampas al Estado de derecho dejan de escandalizar y la legalidad pierde capacidad constrictiva, puesto que toda regla resulta sumamente interpretable. Defraudan cuando en la comunicación política prevalece la charlatanería y la perversidad de las palabras, a fuerza de significar cualquier cosa, terminan por no significar nada: Solo sirven como munición para confundir o manipular.

 

 Pero el fraude más dañino se produce cuando los ciudadanos estiman irrelevante su capacidad de control. Constatan tal asimetría de recursos de poder a disposición de quienes les mandan o representan que los perciben como invulnerables, mientras se ven a sí mismos impotentes. Entonces se apodera de ellos el descreimiento en el sistema: una suerte de rabia sorda o desinterés insano. Y cunde la desafección.

 

Es cierto que nuestras democracias no tienen solo un problema de actores. Pero un mejor desempeño aliviaría el malestar de los desafectos que, aun decepcionados con los resultados de la política, no se sentirían defraudados por la ejecutoria de sus políticos.

 

Ahora bien, un político debe poseer cualidades y valores, como la sencillez, ser respetuoso, tener visión, alegría, humildad y honestidad. Debe también ser afectuoso, afable, debe ser motivador de valores morales y espirituales, conciliador, respetuoso, amable, honesto, sincero, digno, tener sentido de justicia y control emocional. Poseer un enfoque teleológico claro de nuestro país. No debe mentir nunca.

 

Un buen político se rodea de hombres íntegros y competentes. Un político debe estar en contra de la confrontación y siempre tener un espíritu mediador, tratando bien a todas las personas, sin importarle credo, poder económico, raza, filiación política, nivel social y no rodearse de personas insidiosas y traicioneras.

 

Para él todos deben ser iguales y está para servir y no para que le sirvan, para escuchar antes que hablar, para organizar y no para ordenar. Desearía que alguna vez nos toque esta clase de políticos.  He llegado a la conclusión de que no tenemos políticos en nuestro país.


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