¿De dónde nos llega esa virtud?  Ésa es materia para arduas y productivas reflexiones.

 

En momentos importantes de nuestra historia nuestras organizaciones políticas supieron promover, potenciar y acompañar a nuestras instituciones comunitarias. No importa que por momentos lo hicieran con segundas intenciones.

 

Hoy el grueso de la dirigencia política – quizás con muy pocas excepciones— establece con la gente una relación principalmente clientelar. Personal, no institucional u orgánica.

 

A esa relación clientelar sólo le interesa la persona en tanto votante o en tanto cliente y, por tanto, es circunstancial y, sobretodo, electoral. No quiere mayores compromisos o responsabilidades. Por tanto, no enriquece, sino que empobrece.

 

De ahí que, lejos de organizar, la relación clientelar atomiza, reduce, individualiza. Es lo que explica que buena parte de la enorme cantidad de organizaciones comunitarias existan a pesar de políticos y políticas.

 

Más aún, nuestras entidades comunitarias se organizan, actúan y enriquecen la vida barrial casi en soledad; sin compañía de las instituciones que, sin embargo, debían tener en ellas a sus mejores instrumentos de trabajo.

 

Pensaba en todo esto mientras observaba a una junta de vecinos hacer su Acto a la Bandera Nacional la semana pasada.

 

¿Cuánto se podría hacer por el desarrollo cultural, institucional de nuestro país de haber un mayor acompañamiento y apoderamiento de esas organizaciones?

 

¿Cuántos proyectos pudieran llevarse a cabo al menor costo, con la mayor participación, con absoluta transparencia gracias a la auditoría social? ¿Cuánto trabajo cultural y cuidado del medio ambiente?

 

Millares son las organizaciones comunitarias en nuestro país. Hace poco una institución dominicana contó cerca de diez mil. Pero son más. Muchas son anónimas;  no existen en los archivos de los Ayuntamientos.

 

Somos un pueblo —todavía— con gran disposición para el trabajo organizado, de servicio, voluntario y fuertemente identificado con el territorio y con los vecinos y vecinas.

 

Ésa es una riqueza que, lamentablemente, como otras tantas, no aprovechamos como debiéramos. Peor aún, la reducimos, desconocemos y empobrecemos en la relación clientelar que, por momentos, parece que va corroyendo todo.

 

Fuente: www.perspectivaciudadana.com