Cuando los fenómenos sociales comienzan a repetirse de manera continua es que una tendencia fuera de lo normal está ganando terreno dentro de una formación social determinada, dando origen a hechos o acontecimientos que evidencian un proceso de degradación de los patrones tradicionales de la conducta ciudadana.
 
Es que dentro de la sociedad en que vivimos hay patrones de conducta tradicionales que resumen un concepto moral muy acentuado en las raíces filosóficas y existenciales de cada ciudadano, donde esos moldes conductuales se expresan especialmente en el amor a la familia, respeto a los progenitores, padre y madre.
 
Una sociedad donde esos valores van en decadencia, nos encontramos con hijos que violan o asesinan a sus madres, matan a sus padres, o a sus propios hermanos; y cuando esas inclinaciones se van exacerbando  y encontramos casos como el de aquella joven estudiante Santiagués, que sin una explicación clara paga el secuestro y muerte de su propio padre, es que ya la degradación social comienza a hacer catarsis y vislumbra un próximo proceso de crisis dolorosa.
 
Mientras fenómenos de esa naturaleza no tocaran el núcleo principal de la sociedad, que es la familia, las posibilidades de cura al cáncer de la degradación social  no resultan extremadamente traumáticas, no obstante, cuando el irrespeto, la desconsideración y la intolerancia tocan ese núcleo vital de la sociedad, quiere decir que ya no hay mucho que hacer, sino esperar un desenlace doloroso.
 
El caso de esa joven que paga el secuestro y muerte de su padre, que le dio todas las atenciones, que le dedicó una gran parte de sus recursos, que  fue capaz de sacrificarse para dotarla de una profesión,  nos dice que estamos llegando al final del camino, y si no hacemos un alto a tiempo, pronto nos veremos en el abismo…