Porque los gobiernos no lo relacionan con los salarios de los trabajadores y los empleados.

 

Tampoco lo relacionan con la prestación de servicios a la población sino con los “compromisos” del Estado con el FMI, con los todopoderosos generadores de electricidad, etc.

 

Y la razón del Estado tiene que ser el bienestar del pueblo. No hay otra, en realidad, si no quiere ser lo que hasta ahora: una institución para servir a unos pocos, excluir a muchos y allantar al resto.

 

El pueblo siempre ha estado y estará dispuesto a los sacrificios. Lo demuestra todos los días: el 90% de los asalariados gana por debajo de 20 mil pesos; no hay educación inicial universal; los servicios de salud no pueden ser peores; paga electricidad sin recibirla; el servicio de transporte es un desastre; la basura pulula por nuestros barrios (no por los de los ricos); por no garantizar, el Estado no garantiza ni siquiera seguridad… y, con todo eso, el pueblo paga impuestos.

 

¿Alguien quiere más sacrificios? Lo que no quiere es que lo sigan usando de pretexto para mantener ese Estado deficiente; ese Estado que pretende ser de derecho y no es sino de privilegios para gobernantes y para poderosos.

 

Con todo eso, el pueblo siempre está dispuesto a dar más. Aunque usted no lo crea. Más, incluso, que los ricos empresarios que truenan contra “el tamaño del Estado”, contra el “clientelismo” y los “subsidios”, desde luego, siempre que no se toque ni con el pétalo de una rosa al clientelismo y a los subsidios al empresariado.

 

Mientras no haya transparencia; mientras las prioridades del país se decidan en gabinetes y oficinas; mientras continúe la ley del embudo (anchura para unos pocos y estrecheces para las mayorías), el de los impuestos será un tema odioso.

 

Fuente: www.perspectivaciudadana.com