Por esos abastares de la política, el príncipe tuvo que ir  aliado al caudillo déspota, desmemoriado y ladino. Este hombre, misántropo y racista, ante el peligro de que un hombre negro se sentara en ¨su silla de alfileres¨, sin posibilidades de seguir en el mando, prefirió ungir con la corona del poder a un novicio, con la secreta intención de manipularlo a su antojo.  El anciano pensó que aquel presidente  sería una especie de muchacho de mandados.

 

No fue así, porque el nuevo incumbente del Palacio, demostró capacidad y llevó la nave del Estado por un camino de desarrollo, modernidad y transparencia. Gobernó bien por cuatro años  y respetando un canon constitucional, se abstuvo de participar en la próxima  contienda. A pesar de  que la gente lo quería por muchos años al frente del Estado, él se resistió a la tentación del continuismo y dejó que otro representara al partido de la estrella amarilla.

 

Todo eso lo molestó al viejo caudillo, que, pensando en el juicio de la historia y para quedar bien con Dios y con el Diablo, en el siguiente  evento electoral,  ya ciego y sin vitalidad, compitió con el candidato ¨revolucionario¨ y el que pertenecía al partido del príncipe, y como no pudo ganar los comicios, cuando llegó la oportunidad, le dio el espaldarazo a sus nuevos aliados del partido blanco.

 

Lo mismo hizo en las elecciones para elegir el congreso y los alcaldes municipales.  Con todo el poder en sus manos, esa gente exacerbada por la ambición, negoció con todo, sembró el caos y el desorden. Tangamanapio retrocedió cien años en el tiempo y el espacio.

 

Claro, un pueblo que olvida su historia pasa por el calvario de repetirla. La gente no recordaba  que los  ¨revolucionarios¨ tenían un precario interés y  conocimiento de la Cosa Pública, y en esa oportunidad llevaron al peor candidato  para que gobernara  una república cuya resaca bananera, aún flotaba en la psiquis perturbada de grandes núcleos sociales.

 

El pueblo de Tangamanapio, lleno de carencias, estrés y ganas de progreso, pronto descubrió que los chistes rimbombantes y frases cortantes del nuevo mandatario, no compaginaban con lo que ellos esperaban de un líder, que aquello era una caricatura de estadista, una  burla más para sus aspiraciones de vivir en paz,  recobrar la memoria perdida, la fe y la esperanza.

 

Aquel pobre hombre, sin mucho juicio, que se las daba de guapo, y que por ser un analfabeta funcional, confundía el Internet con el Nintendo,  atribulado, perdió los estribos, con el peso de una crisis mundial que lo atenazaba,  pero sobre todo,  la lucha de intereses grupales y sectoriales de su propio partido y  terminó haciendo un papel ridículo desde el Solio Presidencial.  Los ¨brillantes intelectuales¨ que lo aupaban y le escribían sus discursos, callaron cobardemente ante tantos dislates. 

 

Quebró el comercio, la banca, liquidó la institucionalidad, endeudó al máximo  el país, devaluó la moneda, se olvidó del campo, y tuvo el tupé, la cachaza y la cara dura, de meternos en una contienda bélica internacional  contra  Irak, donde de manera inconsulta envió trescientos soldados.  Aquel fenómeno de la desmemoria nos había perjudicado mucho, tanto, que pasarían años,  para que Tangamanapio, un pueblo legendario y con tanto potencial, pudiera recuperarse  de nuevo.

 

Después de ese suplicio de cuatro años, más de  un millón de votantes se habían colocado por debajo de la línea de la pobreza, padeciendo una prángana de espanto y terror. Arrepentidos, avergonzados, muchos de sus seguidores pidieron de viva voz la presencia del príncipe, cuando se presentó una nueva oportunidad de votar en unas elecciones.

 

Lo hicieron mayoritariamente por quien, con defectos y debilidades como todo ser humano, sabía gobernar  mejor y no estaba dando boches a diestras y siniestras a la gente, cuando no tenía respuestas para solucionar los problemas nacionales. La estrella del gobernante díscolo e incapaz parecía que se apagaba para siempre y la del joven mandatario, aparentaba que tomaba un rumbo ascendente hacia el firmamento de la eternidad.  

 

Pero tal parece que  el fenómeno del olvido y la  desmemoria hizo un  daño irreparable en la mente de algunos  intelectuales de ese pueblo alegre y que es propenso al baile, el consumo de alcohol, la chabacanería y la vida indisciplinada, costumbres que son patrocinadas y alentadas a través de grandes campañas de propaganda desde estamentos de poder económico, porque, constituyen una forma alienar a los jóvenes, el sector más vulnerable de la sociedad, temas que nunca son analizados por estos libres pensadores e intelectuales porque  algunos  de ellos,  tienen ideas muy concretas y especificas.

 

¡Oh paradoja de la vida!,  después que el príncipe ha gobernado por ocho años a Tangamanapio, y le ha  devuelto la estabilidad económica, la confianza en la inversión extranjera, ha fortalecido las instituciones públicas, incluyendo una lucha cerrada contra el consumo y tráfico de las drogas y tiene obras materiales de gran envergadura social, y, también mantiene la economía en constante crecimiento, ahora resulta que todo eso no es más que una utopía, un sueño irreal y absurdo. Así lo pintan  con frases desdeñosas algunos de estos sabios de la palabra y el pensamiento.

 

Pero cuidado con decirlo, con contrarrestar a estos dioses de verdades absolutas y criterios divinos. Cuidado con hablar alto, ellos –estos intelectuales-  conocen mejor que nadie lo que conviene en educación, la dimensión de la inversión, son los críticos implacables de los textos integrados, la calidad del desayuno escolar, sobre el Pensum Universitario, etc.

 

Pero también saben lo que hay que hacer en  finanzas, en seguridad ciudadana, por donde debe dirigirse el país en sus relaciones internacionales, en materia de energía,  ellos son los cancerberos de los tesoros morales y la suma de todo lo que importa y debe pensar el pueblo de Tangamanapio, son su Alter Ego. Además, todo lo que se diga y que no sea su verdad, huele a reelección, a sumisión incondicional, a genuflexión indecorosa,

 

Si alguien afirma que en el príncipe,  la gente de este terruño,  tiene a su mejor exponente, al estadista de mayor visión y preparación intelectual y es líder de mayor y mejor valoración en el plano internacional, entonces los epítetos descalificativos salen a granel: ése es un baboso, un súcubo, un lambón,  un chupamedias, un agente pagado, en definitiva, un gallo loco, que padece de insania mental.

 

Si estos intelectuales y seudos intelectuales, que por su oficio y libre elección tienen el sagrado deber de escribir el curso que toma la historia,  fueran capaces de realizar una abstracción y se despojaran de su vanidad,  no fueran tan majaderos y superficiales, de seguro que no estarían  registrados  como habitantes de Tangamanapio, un pueblo que se perdió en la memoria de la gente.  Y que por su singularidad y aspectos ancestrales, tiene tanta semejanza con nuestro país, nuestro destino como nación, tendría un mejor panorama para  el futuro.

 

Pensando en  el pueblo de Tangamanapio, y, en su raro padecimiento  de desmemoria,  me puse a pensar en los escritos de dos destacados intelectuales dominicanos: Rosario Espinal y Andrés L. Mateo, ambos mantienen una intensa labor de laborantismo político antagónico,  que busca disminuir y socavar la estatura de estadista y el liderazgo del presidente Leonel Fernández en el pueblo dominicano.

 

Incluso, el segundo de ellos, el doctor Mateo, tuvo el desparpajo y  la desfachatez de escribir un artículo en el periódico Hoy de la semana pasada,  intitulado: ¨El Posible Valdi¨, un cuento del escritor argentino Onetti,  el cual considero una afrenta y una  falta de respeto lamentable para quien ha sido comedido, cortés y sencillo,  como el primero de todos los ciudadanos  dominicanos.

 

Nuestras preferencias políticas no nos pueden llevar a tanto, el intelecto no puede colocarse como  una  mercancía de compra y venta.  Debe haber un límite. El presidente Leonel Fernández nunca ha sido un oscuro abogado despersonalizado que haya que tenido que auxiliarse en recursos rimbombantes y retóricas baratas para ganarse el favor de la gente.

 

Es su talento y praxis política el que lo ha colocado donde se encuentra. Como el dominicano más conocido y respetado  en el mundo entero. Para muestra un botón: Asesor de la ONU.  Por tanto, el que intente despojarlo de su sitial de hombre pulcro, de estadista moderno de primer orden, de ser humano sencillo y decente, de hombre de buenos modales y de padre y esposo ejemplar, no debe, como hizo el doctor Andrés L. Mateo, un perredeista por antonomasia, incurrir  en el  desliz de sacarlo del contexto de líder extraordinario, a menos que se corra el riesgo de pensar en el doctor Mateo,  como un auténtico y desmemoriado habitante de Tangamanapio.

 

(Colaboración (2 de 2) de José Checo E).