Algunos cronistas de Indias, maliciosos y morbosos, dejaron entrever que este escudo era un tributo a Hernán Cortés, que era muy dado a perseguir y someter a las nativas aztecas de sangre azul, pero tal aseveración nunca fue confirmada.


No, éste es otro, un pueblo aún más antiguo, como el  Macondo de García Márquez, raro,  y con una idiosincrasia única, que estaba  enclavado en la misma trayectoria del sol, en el ombligo del mundo,  en medio de un archipiélago de islas oriundas de la noche,  bañado por mares de blancas espumas,  y que, a partir  del último terremoto, había perdido la memoria de manera colectiva. Los antropólogos, sociólogos, psicólogos y otros eruditos de todo el mundo, estaban aturdidos y muy confundidos con este raro fenómeno que sufría la gente de Tangamanapio después de la ocurrencia del sismo.


Era como si el Alzheimer, aquella enfermedad degenerativa del cerebro,  hubiese afectado a todos, y nadie era capaz de  reconocer a sus familiares más cercanos, y sus habitantes estaban obligados  a repetir las mismas frases tontas días tras días. Los estudiosos del problema terminaron afirmando que al parecer los violentos movimientos telúricos del terremoto, permitieron que el magma, es decir, la tierra fundida, desatara una especie de silicato ferroso y gases venenosos que se mezcló con las principales arterias hidrográficas de la isla, afectando a los mandaganapienses.


Otros informes emitidos por extranjeros, hablaban de un miasma, una especie de bacteria aeróbica que circulaba por el aire, y  al ser absorbidas por las fosas nasales de aquella gente, afectaba al cerebro y nublaba la memoria en diferentes niveles.


Pero los mismo estudiosos, al establecerse  en Tangamanapio, terminaron olvidando para qué diablos habían ido a aquella fantástica  tierra  y, con el tiempo,  ya aplatanados, se confundieron con los criollos y desarrollaron los mismos hábitos y costumbres de comer, beber y procrear hijos según el mandato divino,  y las cosas que no compendian, se la dejaban de tarea al Creador para que las resolviera.  Habían descubierto la llave de la felicidad eterna.


Del otro lado de la frontera, sin embargo, las cosas eran distintas, hasta la propia naturaleza se manifestaba estéril y desértica.  Una suerte negra los acompañaba siempre y como si el fatalismo se hubiese ensañado con ellos, cada vez que despertaban de una pesadilla, llegaba otra de peores consecuencias. 


Allí las tiranías eran comunes, el lastre de las enfermedades no los dejaba avanzar en el progreso. Pareciera como si Dios, en su afán de mostrar su poder omnipotente, les hubiera marcado con la desgracia eterna.  Después de  una plaga, llegaba  una segunda, una tercera, hasta completar las siete que padeció en la antigüedad el pueblo de Egipto. Y luego el ciclo volvía a repetirse.  Era como si en un juego caprichoso, el Creador, se solazara en la angustia de aquella gente, para medir su capacidad de aguante.


Ellos,  los de la parte oriental de la isla, definitivamente, no podían darse el lujo de la desmemoria, su tragedia y dolor eran lacerantes  y perpetuo, y por esa razón no había espacio para el llanto y los sueños.  Muchos andaban como zombis vivientes, arrastrando sus sombras por caminos inciertos y tratando de llegara a Tangamanapio a como diera lugar, porque a pesar de no ser un paraíso terrenal, allí podían por lo menos comer. Aquella parte del mundo, cuyas raíces procedía del África negra, estaba habitada por mil demonios furiosos que descargaban  su terrible ira contra la gente. Era obvio que Dios tenía su morada en otro lugar.


Por supuesto, como ya aclaramos, en Tangamanapio el mal no era uniforme y general, y  en cada uno de los desdichados habitantes de aquel lugar. Había grupos privilegiados que, por un raro azar del destino, no habían sido afectados del todo por la desmemoria y sólo olvidaban lo que les convenía. Los políticos por ejemplo, estaban dentro de ese campo y eran fantásticos jugando con la generalidad de la población que estaba a expensa de ellos, porque menos afortunados, sólo podían recobraban la memoria cuando les picaba el hambre en el estomago. Pero como después de comer tomaban agua, volvían al estado anterior.


Este mecanismo de dependencia y manipulación, fue rápidamente dominado por esta casta de canallas de  Tangamanapio, que acuñó la frase de los césares romanos y la convirtió en un arte: Äl pueblo, pan y circo. Así, cada dirigente político, se buscó la manera de escamotear los fondos del Erario y con el oro en la mano, usando el mismo discurso, apostando a la desmemoria del pueblo, repitiendo las mismas ideas vacuas, llenas de sandeces e incongruencias, trastocando cifras, retorciendo pasajes de la historia, y actuando como el alcahuete que embulla a los incautos con los trucos del  mono amaestrado, al que domina con granos de maní,  lograron perpetrarse en el poder y seguir disfrutando de las mieles de su status social.


Pero este aspecto de la desmemoria también era utilizado a conveniencia por otros sectores sociales, sacando aparte -como dicen los médicos-  el beneficio de la enfermedad. Así los empresarios, los dueños de bancos, los terratenientes y comerciantes de aquel paradisiaco lugar, apoyaron durante  décadas a un caudillo que, aunque ciego y achacoso, era un cortesano desmemoriado del gran capital y de un sátrapa asesino,  al que hubo que destutanar para cortarle su orgía de sangre.  El les permitía olvidarse de los beneficios obtenidos durante el año fiscal, de la ubicación del edifico del fisco, y ellos por su parte, lo dejaban arrellanado y olvidado en la silla de alfileres, haciendo lo que le viniera en gana.


Algunos curas pobres de la Iglesia mientras tanto, rezaban con fervor profundo diariamente, un Padre Nuestro y dos Ave María, para que Dios recordara dónde había ubicado a Tangamanapio y el por qué de las inconductas de otros ensotanados, los cuales habían olvidado sus votos de pobrezas y hasta los de castidad y estaban actuando de espaldas a los preceptos divinos, enarbolando discursos politiqueros y amasando grandes fortunas, y cuando oficiaban la Santa Misa, rociaban sobre la cabeza de los fieles, una agua bendita contaminada, a sabiendas de que ahondaban con sus actos impuros la desmemoria de la gente.


Muchos  feligreses abdicaron de la cruz, se volvieron protestantes, otros agnósticos,  algunos se pelaron la cabeza y buscaron a Buda en las  Cordilleras del Himalaya, y, una parte pequeña abrazaron el Voudú y el ateísmo, algunos pocos, hijos de gente adinerada,   totalmente descarriados, olvidaron el cristianismo y empezaron a practicar con el satanismo, degollando gallos, asesinando niños inocentes a puñaladas y  de manera brutal.   


Pese a estos lamentables sucesos, reales y reiterados,  mucha gente quería  recordar, pero los políticos, ligados a los  empresarios,  algunos curas y una parte de la oligarquía económica, utilizando sus poderosos recursos, no les permitieron  recordar  y conceptualizar.  Usando un gran poder mediático desinformaban, vendían las ideas que les convenían  a sus intereses y propósitos.


Entonces empezó una época de barbarie en Tangamanapio, se incrementó el uso y tráfico de los narcóticos, se crearon bandas de asesinos, gente que mataba por arrebatar un celular, una pasola, un anillo de graduación. Se inventaron métodos horribles de venganza entre hombres y mujeres celosas, como la costumbre de rociar  ácido del diablo en la cara de  sus víctimas, y el sicariato tomó ribetes alarmantes de agresividad, llegando incluso, uno de sus célebres exponentes a ofrecer entrevistas por la televisión.  Claro, que esa afrenta y atrevimiento, le costó la vida.


Fue una época de frustración colectiva, de descreimiento, donde la desmemoria de un partido revolucionario, que luchó  contra un caudillo  desmemoriado y ladino, que implantó el terror durante doce años,  logró derrotarlo en las urnas y tendiendo todo el poder a su disposición, no realizó las transformaciones sociales prometidas y sus dirigentes, en una bacanal de  ambición desmedida, cayó en la corruptela, en la soberbia insólita,  en las luchas grupales fraticidas, y le fallaron a la gente,  no una, sino dos veces.


Y a partir de ese momento, como el pueblo de Israel, han peregrinado por el desierto, sin encontrar su rumbo y sin rescatar su memoria histórica.  Fue tanta la incapacidad administrativa  y la división en la  dirección de esos ¨revolucionarios¨, que rescataron de su tumba política a ese déspota ilustrado y lo catapultaron a los primeros planos de la preferencia electoral y lo consagraron como padre de la  democracia de Tangamanapio.


Y fue que él, comprendiendo que estaba frente a otra realidad política y social, realizó un giro obligado en su forma de gobernar, porque el pueblo, a pesar de su ignorancia y desmemoria,  se organizo en su contra y lo obligó a realizar  un mandato menos sangriento. Desde luego,  que para eso fuera posible, fue necesario un empujoncito del imperio del norte, una nación poderosa que se creía con el derecho de intervenir en los asuntos de otros pueblos.


Fue en esa encrucijada política, de descrédito y descalabro moral, que apareció en el firmamento político de ese  pueblo raro y desmemoriado que era Tangamanapio, un príncipe de brillante estrella amarilla, quien dotado de excelente  retórica, buenos modales y un ángel de jovialidad y cortesía, cautivó a propios y extraños y conquistó la diadema del poder.


(Colaboración (1 de 2) de José Checo E).