Eso de atraco, asalto, ir a una vivienda en horas del día con el sol a fuera ¡Ni pensarlo!. Los más viejos están ahí, y puedes preguntarle.
Con esas palabras inicié una conversación con el viejo Cleto (nombre ficticio cuidando la identidad de mi protagonista). El, una persona que sobrepasa los 80 años de edad. De piel curtida por el sol pues los últimos los pasó trabajando en una tierrita que le dejaron sus padres en una zona rural cercana a este municipio.
Aunque ya retirado de esas agotadoras faenas, todavía a su edad luce ágil, de fácil hablar, mente lúcida aunque un tanto temblorosas sus manos.
Don Cleto es alto y delgado. Es de un color blanco “jojoto”, dedos largos y rugosos. Mirada profunda. Pelo encanecido con una pronunciada calvicie.
Una de sus nietas de nombre Clotilde me recibe a la puerta. Es una casa de block techada de zinc con piso de cemento pulido terminación en azul. Luce limpia.
Al viejo Cleto se le tiene como una autoridad y es muy respetado donde vive. Me mandó a buscar porque tenía que decirme lo mal que a su parecer va el país.
-Hay mucha delincuencia. La Policía no da abasto. A los malhechores lo agarran y a poco usted lo ve sueltecitos. A veces lo veo por televisión con el hijo de doña Luisa Messón. Yo conocí a esa señora –me dice, asintiendo con la cabeza-.
Creo como ustedes, que no hay miedo a la ley. No hay miedo a estar preso. No hay miedo o respeto a la autoridad.
Don Cleto hablaba con energía. El mismo había sido objeto de un asalto al regresar de visitar a una de sus hijas. Eran alrededor de las tres de la tarde del último domingo cuando dos jóvenes lo asaltaron cerca de la cancha. –¡no respetan las canas. No tienen compasión de los viejos!
-Cuando el Jefe, lo mataban! En el mejor de los casos lo mandaban para Nigua.
Estando presos…teníamos que trabajar arreglando caminos vecinales y reparando carreteras con picos y palas! Levantaban a uno bien temprano. Brillando todavía las estrellas. Escúcheme…No era fácil estar preso!
Ahora atracan, asaltan en tu misma casa. Violan y maltratan los ancianos. Tienen una cola larga de fechorías…y muchos las cuentan como trofeos de guerra! Se queda pensativo. Como buscando las palabras apropiadas o recreando el recuerdo.
-La última vez que caí preso allá por el año de 1953 con apenas 22 años de edad me dijo un sargento de la guardia…Como que tú estás robando demasiado…Me miraba con insistencia y dejaba leer en sus ojos de asesino, todo el odio que le tenía a los ladrones.
-¡Comprendí el mensaje.Nunca más volví a robar!-