Hoy tengo deseo de tomar una bocina y gritarle al mundo con voz en cuello, que soy inmensamente feliz. Porque mi alegría nada tiene que ver con circunstancias externas, ni con dinero, ni con personas, viene de Dios por su majestuosidad y amor hacia mí.
 
Promuevo mi alegría fruto de profundas reflexiones   de orden espiritual, y así crear las condiciones de firmeza     para llenar nuestro interior a sabiendas  lo que  somos como nación, como sociedad y como individuo. Pero también convencida de que alcanzaremos lo que nos proponemos.
 
Esa convicción es la que me llena de satisfacción, porque ella me enseño este año que no todo está perdido, que la esperanza sobrevive porque lo que  se creía perdido se puede recuperar con un poco de fe en el futuro. Se trata de creer en los demás y en nosotros mismos, sentirnos capaces de construir, no de destruir y en especial de dar a los demás de lo poco que tenemos.
 
Se va un año, y me deja la satisfacción de saber que vivo, no para pregonar la muerte, ni para sembrar imposibles, sino para asumir el compromiso de renovar la vida desde lo más adentro de nosotros, recibir el nuevo año despejando los nubarrones que nos obnubilan, y creer que una mano firme y poderosa es la que guía nuestros pasos, en medio de sueños y premoniciones.
 
Todo me lleva a ser testigo de una nueva realidad, esa que está iluminada por la fe y la esperanza en una vida personal más limpia y comprometida, pero sobre todo; confiados en un presente de alegría… que no nos impida ser participes de lo alegre y bueno que nos aguarda…
 
Feliz 2013 ¡! 

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