Economía y política, en concubinato, nos han traído un mundo irrespirable, que cada vez más confiere a la ambición individual una lenidad de tal magnitud que ahoga todo sentido de mesura alrededor del bienestar general, social o público.
Nada como el poder para enseñorear injusticias o privilegios. La política y la economía actuales se han vuelto banales, con los ojos puestos sobre la punta de los zapatos, y va del bunga-bunga y la ley Alfano al divorcio de conveniencia, a la confusión entre político y payaso, a la tolerancia cómplice en Bahrein o las vacaciones junto a los tiranos.
Lo económico es el gran fin de la vida y la política un vulgar ritual de trucos al servicio de la economía y del poder. No es la ninfa de Duarte o de Bosch, sino el Incitatus de Calígula hecho cónsul.
El poder puede tener las mayores virtudes cuando se apega al interés general de la sociedad y cuando la ambición personal no define su naturaleza.
Para elegir los delegados del poder popular sacamos las hienas en los partidos y en el gobierno mismo. Queremos forzar unos resultados, un camino, a todo trance, con perversión a veces.
La crisis de contrapesos parece avivar los instintos y adormecer la razón. Pero agita el movimiento social.
Se percibe el asedio a un presidente que sabe que no puede ir. Es la incertidumbre humana ante una transición de poder que puede ser beneficiosa para todos.
Si la razón pervive, el buen juicio se impondrá a la orgía de poder reclamada. Una inteligencia como la Leonel no lo puede ignorar para ceder paso a una aventura. La tranquilidad y la confianza nacional así lo exigen.
Fuente: www.perspectivaciudadana.com