¿Cómo explicar – se le preguntaba a cada uno- que los partidos se hayan convertido en plazas comerciales, colegios católicos en lugares de abuso a menores y fuerzas llamadas a preservar el orden y la paz, en protagonistas del desorden, violencia y delito?
Las contundentes evidencias exigían una explicación.
Impedidos de negar los hechos, curiosamente, los tres, por igual, señalaron como culpables los tiempos que vivimos y la sociedad en la que operan.
El individualismo, la irrefrenable ambición, el hedonismo, la pornografía, la obsesión por la riqueza, el poder corruptor del sexo y del dinero fueron algunos de los males sociales mencionados para explicar sus desvergüenzas.
La sociedad está corrompida hasta los tuétanos -se defendieron diciendo- y los ha corrompido a ellos. ¡Pobrecitos!
¿Será eso cierto? ¿La sociedad los ha corrompido a ellos o al revés?
¿Culpable la sociedad que es víctima de sus inconductas?
¿Culpable la sociedad que les ha confiado dirigirla, orientarla y cuidarla?
¿Culpable la adolescente violada por ser apetecible?
¿Culpable el niño sordo por dejarse manosear del cura en el confesionario? ¿Culpables los padres por haberle confiado al pederasta su cuidado y enseñanza?
¿Tanto poder e influencia tiene el ama de casa, el chiripero, el campesino, obrero, empleado público o privado, productor agropecuario o pequeño o mediano empresario para corromper a tantos y tantos políticos, curas y militares?
¿Quiénes habrían enfermado, la élite que dirige, orienta y cuida o los ciudadanos y ciudadanas que reciben con repugnancia sus inconductas?
Piénselo y luego me dice.
Fuente: www.perspectivaciudadana.com