Para entonces se suspendía la programación de las emisoras y se tocaba música clásica, llamada también “solemne” o “sacra”.

 

Esos tiempos han quedado atrás, felizmente, y la música de Bach, Mozart, Beethoven, Dvorak… ya no es más “música de Semana Santa” o “música de muertos”, como también le llamaba la gente a ese formidable tesoro del arte universal.

 

Pero también ha cambiado radicalmente la propia Semana Santa que ha devenido más laica, secular, y más propicia para la recreación, el disfrute y, en una palabra, el turismo interno y todo lo que él conlleva.

 

El cambio ha permitido la creación de nuevos negocios, nuevas empresas y más empleos; pero también ha permitido que la gente conozca y disfrute más su país y, por tanto, que lo quiera y lo respete más.

 

Ese conocimiento y ese respeto son evidentes en la gran sensibilidad de nuestra gente a los temas relacionados con el medioambiente.

 

Se hicieron patentes en el rechazo a la construcción de aquella cementera en Los Haitises; en el rechazo a la privatización de nuestras playas al momento de discutir la nueva Constitución (un tema que, sin embargo, queda aún sobre el tapete) y en el recelo ciudadano frente a las operaciones de la Barrick Gold en Cotuì.

 

Y si ese periodo llamado Semana Santa no es aún más rico y más productivo se debe a que los Ayuntamientos o Alcaldías no lo han descubierto en todas las potencialidades que encierra para el beneficio de nuestra cultura, para beneficio de los municipios y para el beneficio del país en general.

 

Peor aún lo han hecho los gobiernos municipales al permitir que se arrabalice la conmemoración en sí y que se arrabalicen los espacios públicos (playas, parques,  calles) en que pululan tenderetes de mala muerte sin ninguna atención y aparecen meaderos a falta de los mingitorios públicos.

 

Como se ve, la Semana Santa es también un ámbito que reclama políticas municipales que la rescaten del abandono y la improvisación.


Fuente:perspectivaciudadana.com