En una sociedad que se inspira y se sustenta sobre la base de los valores de la doctrina cristiana hablar de postulados contrarios a los que son sus bases filosóficas y morales es un acto de corrupción.
Es corrupción, porque se pretende alterar el sistema de creencia, las normas de convivencia social y hasta el sistema jurídico-moral que orienta nuestros conglomerados.
De esa visión del mundo, y de las prédicas de los seguidores de Satanás, es que se desprende nuestro grado de preocupación, por la supuesta aparición en Sosúa, de una secta fanática ligada a la adoración del Dios de las tinieblas.
Lo más preocupante es el hecho de que esos promotores anti-cristianos, cuentan con la complicidad y la protección de algunas autoridades, civiles y militares, hasta el punto de que se dan el lujo de darles ordenes.
Un grupo que promueva prácticas contrarias a los conceptos filosóficos que nos dieron origen como nación, donde sus componentes y promotores consideran a los dominicanos como menos que gusanos, y que no tienen reparos en poseer arsenales de armas de todo calibre sin reparar en las leyes nacionales, no puede encontrar cobijo en ningún ciudadano que crea estar libre de los malos olores de la corrupción…