Las peleas eran a campo abierto, durante alguna emboscada o asalto al fuerte, o alguna incursión a la aldea misma.
Entendemos, que con el tiempo, el uso de trincheras se hizo necesario. Son otras armas, otros estrategas, otros campos…
Como todas las cosas, las trincheras tienen sus ventajas y desventajas. Siempre existe, el momento estratégico en que hay la necesidad de salir de ella y dar la batalla.
Muchas veces cuerpo a cuerpo y percibir el olor de la sangre, ver de cerca el rostro de la muerte, así como escuchar gritos de dolor de amigos y enemigos. Gritos que aún terminada la guerra continúan escuchándose aunque desde otra dimensión mientras dure la existencia.
¡Claro que se necesita valor para salir de la trinchera! ¡Es que se tiene ante sí, una visión dantesca! Brazos y cabezas rodando por el suelo…y las balas que no se ven…
Uno quisiera entender en su justa dimensión del valor de nuestros hombres de la Restauración. Los Luperón, Imbert, Monción, Contreras, los hermanos Ogando, Polanco, Mella, Sánchez…y tantos otros que pelearon fuera de las trincheras…
El ser humano como familia, como pueblo, como sociedad nos atrincheramos ante la corrupción, injusticias, deterioro de los servicios públicos, inseguridad ciudadana, alto costo de la vida, desempleo…como si nada nos importara.
Como si pensáramos que esos males no nos tocarán alguna vez, hasta que esos mismos problemas convertidos en llamas penetran a las trincheras y nos hacen salir. Unos, para huir a otras trincheras y así se pasan la vida saltando como los sapos sin responsabilidad alguna esperando el maná de los dioses.
Otros, para pelear en campo abierto. Es lo que hacen los llamados “indignados” en algunos países de Europa y en los Estados Unidos. Es por igual, lo que se hace en nuestro país por el 4% para la Educación.
A ese salir de trincheras desde diferentes estamentos de la sociedad, es que temen los gobiernos y funcionarios corruptos.