REGÁLESE ALEGRÍAS
Hoy podré parecerle cursi y pretensioso. Un consejo doméstico le daré: regálese alegrías. Hoy y todos los días. Dirá usted ¿quién es éste que se toma atribuciones que no le he dado! Claro. Lea, baile (que además es saludable), visite amigos y parientes, comparta con ellos la feliz ocurrencia de ser dominicano y déjese bañar por el fresco clima navideño.
En ocasiones anteriores hemos compartido la idea -cada vez más generalizada- de que es posible ser feliz y que para ello se requiere cierta inteligencia. De condiciones también. Muchos sobrevaloran la inteligencia, el ánimo, minimizan las condiciones económicas y sociales, se pasan de tontos. La gente los llama idealistas y románticos. Otros hacen lo inverso: creen, sienten, estos conciudadanos nuestros, que únicamente la satisfacción material posibilita la felicidad. Y, como casi siempre están inconformes con su situación (con razón o sin ella) tal perspectiva los convierte, en unos llorones: el día a día es mal tiempo y dificultad.
Tienen la tendencia a la depresión, a quejarse de todo, hasta de ellos mismos. Prozac es su dios.
Otros, siendo felices, para que usted vea como son las cosas, se sienten "culpables de serlo en medio de tanta infelicidad". Llegan hasta plantearse renunciar a ser feliz por solidaridad con aquellos que no lo son (o que no lo están siendo en ese preciso momento), lo que no es una broma, sino una pura verdad.
Atormentados, pierden de vista que al infeliz le agrada la compañía, pero más le ocupa y preocupa salir de su estado. La solidaridad no consiste en ser como ellos, dicen (¿ripostan?) los mismos infelices, sino facilitarles the way out.
Para los más encumbrados el rollo no es mundano, sino filosófico. Se preguntan : ¿es sostenible la felicidad, el bienestar? ¿Podemos aspirar a ser felices y seguir siéndolo en el tiempo? Desde niños se nos dice que la felicidad (la alegría, el bienestar) es pasajera, breves espasmos en un destino pesaroso. ¿Debemos admitir tal presupuesto de vida? No me parece sano. Es, además, una percepción cada vez menos sostenible.
Las evidencias desmienten la fuerza de la tristeza y del infortunio: este segundo milenio, más aún el siglo veinte, sus últimos 25 años, muestran una tendencia creciente de los seres humanos a domeñar su destino, a disponer de las armas médicas, de existencia, para hacer frente a las adversidades normales y naturales que podrían conspirar con tan legítima e inherente aspiración como ser feliz. Con brillantez, el constituyente Jefferson hizo incluir el derecho a ser feliz como el más importante de los derechos reconocidos por la constitución de los Estados Unidos de Norteamérica.
A la tristeza no se le conoce ninguna hazaña transformadora digna de sí. Precisa ella de la alegría para superar su gólgota. Ha sido, es y será la alegría la redentora de la tristeza.
Afortunadamente, ha sido/es la alegría de vivir, uno de los rasgos sobresalientes de nuestro carácter, resultado maravilloso de razas y culturas. No la reprima; déjela que se exprese. No olvide nunca la historia de sus antepasados, míos también: sobrevivieron al hambre, a la enfermedad, a la falta de oportunidades y de prosperidad al embarcarse para estas tierras americanas; sortearon la intolerancia religiosa, el barco negrero, la explotación colonial, el posterior abandono, los malos gobiernos. Lo hicieron, resistieron; estamos aquí nosotros gracias, en muy buena medida, a nuestra alegría. Para muchos, algo impensable.
Tantas adversidades y ahí estamos como pueblo. Cada vez mejor, con mayores comodidades, venciendo el aislamiento, las enfermedades, la falta de capitales y de oportunidades. Pero aún así no tenemos la tara psicológica de los sobrevivientes y de los náufragos. La alegría nos ha ahorrado el trauma, el rencor.
De manera que, pienso que lo más sano es, permítame recomendarle en el día de hoy, desconfiar de la denuncia (la tristeza, el dolor, la dificultad) que se basta a sí misma; aquella que no se acompaña del anuncio (la solución, el camino). Hoy es un día hermoso. El nacimiento de Jesús es anuncio y no pesar.
Alégrese.
De regalo le dejo este poema de Mario Benedetti, tierno y cotidiano, titulado "Defensa de la alegría": "Defender la alegría como una trinchera/ defenderla del escándalo y la rutina/ de la miseria y los miserables/ de las ausencias transitorias/ y las definitivas/Defender la alegría como un principio/ defenderla del pasmo y de las pesadillas/ de los neutrales y de los neutrones/ de las dulces infamias/ y los graves diagnósticos/Defender la alegría como una bandera/ defenderla del rayo y la melancolía/ de los ingenuos y de los canallas/ de la retórica y los paros cardíacos/ de las endemias y las academias/Defender la alegría como un destino/ defenderla del fuego y de los bomberos/ de los suicidas y los homicidas/ de las vacaciones y del agobio/ de la obligación de estar alegres/Defender la alegría como una certeza/ defenderla del óxido y la roña/ de la famosa pátina del tiempo/ del relente y del oportunismo/ de los proxenetas de la risa/Defender la alegría como un derecho/defenderla de dios y del invierno/ de las mayúsculas y de la muerte/ de los apellidos y las lástimas/ del azar/ y también de la alegría."
Hágase más exigente: pida alegrías, no tristezas. Regale un libro. Dos, si puede. ¡Felicidades! y pásela lo mejor que pueda.