El dominicano es géticamente alegre, cherchoso, cumbanchero y muy propenso a la vida nómada, esto posiblemente heredado de aquella explosiva mezcla racial de Caribes, Ciguayos, Tainos y Europeos.
El estar ubicados geográficamente en este punto del Mar Caribe y del Océano Atlántico, hace interesante y atractiva la estadía en estos litorales, por tanto; conociendo las cualidades naturales que nos adornan, es que podemos justificar el porqué los nativos de todos los continentes prefieren disfrutar de sus días de ocio en un territorio como el nuestro.
De esta manera cabe entonces decir, que resulta hasta inexplicable y cuestionable el hecho de que estemos presenciando el desplome casi estrepitoso de lo que ya por decenas de años hemos denominado nuestra “industria sin chimeneas”.
Si a nuestra manera de ver, no han desaparecido los atractivos naturales que nos caracterizan y nos distinguen como zona geográfica y como conglomerado humano, entonces; que es lo que justifica el hecho de que nuestros asiduos visitantes hayan decidido alejarse y preferir otros destinos?
Creo que no es justo buscar causas y razones fuera de aquí, ya que si nosotros somos los anfitriones, los dueños de escenario entonces conocemos las particularidades de nuestro negocio, y como tal entonces debemos tener la suficiente flexibilidad para adaptarnos a las circunstancias adversas que nos afecten, siempre que estén bajo nuestro control.
Partiendo de las experiencias de nuestros antepasados, hay que asumir sus rusticas reflexiones filosóficas, por medio del refranero popular, quienes llamaban a adoptar formulas de sacrificio, por medio de frases significativas, como aquella de: “quién quiere comer pechuga, tiene que dar del ala…”
Entonces, tomándole la palabra a la sabiduría popular hay que preguntar a nuestros empresarios y trabajadores del turismo, hasta donde están ustedes dispuestos a dar del ala…?