Lic. Ramiro Francisco

Desde cualquier ángulo de la Calle 2 , de Los Callejones (Ens. Dubocq) se podía mirar hacia el norte donde terminaba una de las locomotoras de Ferrocarriles Dominicanos. Para nosotros, la misma que hoy se encuentra al lado de las oficinas de Defensa Civil.
 
En ella “nos montábamos” los pequeñuelos de la barriada. Más allá, los almacenes de la otrora poderosa Compañía Exportadora desaparecida hace tiempo, así como los grandes almacenes donde guardaban pacas de tabaco para su exportación.
 
Más allá de la familia Camacho, residía los De Peña. A mi memoria solo llega el sobrenombre o alias del cabeza de familia a quien llamaban Maquico.
 
A su lado ya en la esquina a la Calle 3, vivían los esposos María y Brito. Tenían un pequeño ventorrillo con menudencias propias de esos establecimientos comerciales.
 
Más allá casi al final de la Calle 2, cinco o seis viviendas daban por terminada esa vía. Los Olivo. Recuerdo entre sus hijos a Héctor que murió siendo muy joven.
 
Su vecino era Papo El Zapatero y su hijo Andrés. Luego la casa de doña Bárbara. Era esta señora a juzgar por la veneración que profesaba, una verdadera trujillista. Poseía innumerables fotos de El Jefe. Placas y un pequeño busto en bronce de Trujillo, de no más de cinco o seis pulgadas de alto, que mostraba con orgullo.
 
Por más que ahondo y rebusco en los recovecos de mis recuerdos, no alcanzo los nombres de los vecinos de doña Bárbara. 
 
Sé que eran los padres de Agustín. Joven de ojos verdes, obeso y que luego llego a ser arbitro de béisbol. Su padre era por esos años, empleado de la Chocolatera Industrial.
 
¿Era la casa de Don Moro Peña la última de la Calle 2 ? Recuerdo a Don Moro, un señor Bajo de estatura, serio, honesto, trabajador. Ejemplo de todos. Entre sus hijos recuerdo con cariño a Augusto, Fello y Javier. Hoy, dilectos oyentes de Sábado Viejo.
 
Quise traer estos recuerdos y volcarlos en forma de artículos, no solo como recomendado ejercicio para la memoria, sino para que mis hijas y nietos así como los hijos y nietos de nuestros amigos de esa primera infancia puedan en lo posible, vivir con nosotros la sencillez e inocencia de esos años que no volverán.