En efecto, en la cultura estadounidense esas instituciones estatales son secretarías, pero en la tradición latina de la que proceden las nuestras son ministerios.

 

La diferencia es relevante en muchos aspectos, empezando por que mientras una procede de la palabra secreto, la otra procede del latín ministeriu, que quiere decir servicio y, en consecuencia, ministro (de ministru) quiere decir servidor o criado.

 

La palabra ministerio o ministro podrá sonarnos hasta presuntuosa, pero en buena parte de su historia y etimología estuvo asociada realmente al servicio.

 

Que bien claro ha estado siempre que quienes ejercen una función en el Estado, al nivel que sea, son (o debían ser) “servidores públicos”; que menos jefes y más servidores es lo que necesita nuestra sociedad para ser más horizontal, más participativa, menos excluyente y, en consecuencia, más democrática.

 

Desde luego, es de esperar que el cambio de denominación establecido en la nueva Carta Magna no se quede ahí, sino que vaya acompañado de la correspondiente actitud de servicio que debe concernir a todos los que sirven (o deben servir) en una determinada institución del Estado.

 

Que, como bien le gustaba recordar al Profesor Bosch, “quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Fuente: www.perspectivaciudadana.com