Y en esa cadena sin fin del desvarío político, ahora resulta que en este país hay provincias que “bajo ninguna condición” podían ser ganadas por el PLD, según el empresario Vargas, a menos que hubiera “un proyecto dirigido desde el gobierno y el PLD para acaparar las senadurías”. Y citó los casos de Dajabón, San José de Ocoa, Valverde y Pedernales. Al parecer, todas estas provincias son rosas de su rosal. Y punto.

 

Lo malo de esta conclusión es que tenemos estadísticas electorales, ojos para ver y capacidad para el razonamiento. Si el empresario evaluara estas provincias, vería en las cuatro (4) algunas cosas que de seguro no serán de su agrado. Por ejemplo, y sin ganas de molestar, vería que la abstención en esas provincias ha sido la misma desde el 1998, con cambios no escandalosos en cada una de ellas.

 

Pero, además, si se siguen las huellas de los votantes reformistas de estas provincias, Miguel Vargas se daría cuenta, entonces, que cuando estos se suman a los peledeístas el PRD siempre sería derrotado, salvo algún trastorno político en la unión.

 

En 1998, el PRD ganó Dajabón con 11,530 votos, pero la suma de los votos morados y coloraos alcanzaban los 11,913 votos. Ganó porque eran tiempos del “arroz con las habichuelas” y del luto nacional por José Francisco Peña Gómez.

 

El tránsito reformista hacia el PLD no se ha detenido aún, continuará. Y si tomamos en cuenta la alta conexión del PLD con los nuevos votantes, que desde entonces son muchos miles, podríamos entender los cambios que hoy le asombran al empresario Vargas.

 

No fue un proyecto por las senadurías la causa de la derrota blanca. Pensemos en el hecho de que el Partido Reformista perdió en estas elecciones 23 alcaldías, la mayoría de las cuales pasaron al PLD. El PRD solo pudo captar seis (6) nuevos municipios y por problemas en la alianza morada o el propio PLD.

 

El PLD y sus aliados fueron unidos y aprovechando los flancos débiles del PRD, como el de la desunión. Donde los conflictos internos entre peledeístas y/o aliados primaron, allí perdieron. Y no la senaduría necesariamente.

 

El electorado dominicano parece haber aprendido la lección de que la fidelidad a los partidos tiene sus límites y condicionantes. Exagerar la función del uso de recursos estatales, sin represión política  como ocurre hoy, a la vez que se soslaya la conflictividad interna generada por el modelo de gestión partidaria de Miguel Vargas, aleja toda posibilidad de comprender la naturaleza de la derrota recibida.

 

El Partido Revolucionario Dominicano hace mucho tiempo que se desconectó de la tendencia modernizante que reclama la sociedad nacional. El buey ha envejecido y carece del discurso capaz de ilusionar a los jóvenes dominicanos. Son ellos los actores de las derrotas o las victorias del futuro.

 

Fuente: www.perspectivaciudadana.com