No conocemos personalmente, al director del vespertino El Nacional Don Radhamés Gómez Pepín, pero confieso, que Junto a Juan Bolívar Díaz y otros, son de mis periodistas preferidos.
 
Gozo un mundo y aprendo cada vez, con la agudeza de su ingenio plasmado en sus escritos.
 
Ahora que entramos en la Semana del Periodista, creemos necesario tratar temas que tengan que ver, con el ejercicio de la profesión en nuestro país.
 
Tal vez, a nivel gremial se pase lista de las deficiencias (en caso de haberlas) que enlodan y manchan el buen nombre de la prensa dominicana.
 
Después de todo, ¿Qué? Nosotros el accionar de médicos, enfermeras, políticos y funcionarios, no se quedan los legisladores, pastores y sacerdotes.
 
Lo hacemos por igual con el Papa, presidentes, primeros ministros, artistas y actores, músicos y bailarines, “le metemos mano” a los empresarios y vendedores ambulantes, no se escapan, los choferes, militares y policías…ponga el lector más campos donde nosotros incursionamos con nuestros análisis y comentarios.
 
¿Quién o quienes analizan el accionar de la prensa dominicana? ¿Por qué sí? ¿Por qué no?
 
Nadie mejor para hablar del barco, que sus tripulantes y constructores. De ahí que, cuando al director de El Nacional Radhamés Gómez Pepín, al ser entrevistado recientemente por la periodista Lily Luciano del periódico Hoy, sostuvo ver en el ejercicio del periodismo actual, un “macuteo sin control”.
 
Manifiesta el “marinero de siete mares” que –muchos colegas usan esto (el periodismo) de banquito, y ganan mucho dinero por fuera solo porque trabajan en un periódico- fin de la cita. O  trabajan en la radio o la televisión, añadimos nosotros.
 
¿Acabó el veterano periodista con sus colegas? ¿Barrió el suelo con ellos? No creo. Lo que sí creemos, es que debemos agradecer esa clarinada.
 
Dizque van a someternos a un detector de mentiras para determinar nuestros bienes por “macuteo”. Periodistas viejos, de larga data, y a los nuevos y recién graduados.
 
Largas filas en todas las provincias…Hombres y mujeres. Los viejos y los nuevos. Graduados o no. –Entre el primero! Se alcanza a escuchar.
 
El colega de turno entró sonriente. Altivo, decidido. Le colocaron el aparato-chaleco con todos los cables y conectores que van colocados en determinadas partes del cuerpo.
 
Todo en silencio y se prestaba mucha atención a esa maniobra. Cuando activaron el botón de encendido, la aguja o flecha indicó positivo de inmediato. Faltó espacio y escala para su libre movimiento.
 
De repente, todo se calentó. Hubo un aumento excesivo de la temperatura. Brotó el humo, las llamas, la corredera…y entonces, se escucho una explosión.
 
No, no. Explotó el detector de mentiras. El examinado, salió sonriente…
 
Por: Ramiro Francisco