Privatizada la política, las alianzas partidarias son jointventures de candidatos. Sólo hay que escuchar los anuncios: no hay propósitos comunes, sino cifras de reparto de candidaturas. Tales senadores, tales diputados, con nombres y apellidos, ni siquiera cargos. En la nueva compañía electoral, las acciones llevan nombre y apellido.

 

Privatizada la política, no hay ideologías, la economía no es de derechas ni de izquierdas y la historia, pieza de museo. La democracia es transacción comercial y el lobbysta, agente comercial acreditado.

 

Privatizada la política, en los partidos, convertidos en plazas comerciales, grandes superficies o malls, los políticos ambiciosos son inquilinos. En algunos, para inscribir candidaturas hay que pagar. La de senador, por ejemplo, es más cara que la de regidor. Cuestión de superficie.

 

Privatizada la política, cambiar de partido es como mudar de punto de venta. Si el negocio no prospera en tal local, se muda a otra plaza comercial. Porque cada negocio –perdón, cada candidato- tiene clientela, estrategia de mercadeo y expectativas de negocios. “Sentido de la oportunidad” lo llamó alguien, no mudanza, no transfuguismo.

 

Hace unos días, al especularse sobre la mudanza de un pretendiente desairado por la dirección de su partido, un compañero o mejor dicho un vecino de local, competidor además, le advirtió no hacerlo con una razón muy sencilla, contante y sonante: “aquí es que están tus acciones fulano”.

 

Privatizada la política, las candidaturas/locales están en venta o alquiler. El éxito electoral, el mejor porcentaje de ocupación.

 

Fuente:www.perspectivaciudadana.com