Parecerá mentira, pero estoy de acuerdo con el cardenal
“Todos somos responsables de este problema: padres, madres, familiares, maestros, vecinos y sobre todo, el Estado, que no tiene políticas apropiadas para enfrentar esta anomia. No hay voluntad política para resolver el conflicto porque se desconoce la magnitud del mismo o porque no hay interés en acabar con el mal”. Amimundo Inc.
Nunca he coincidido con el Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez en sus pronunciamientos públicos, porque arrastran de por sí, posiciones radicales, siempre en contra de las manifestaciones democráticas y populares, aunque muy proclives a la sustentación de las fuerzas más conservadoras y ultra derechistas del país.
Por eso, nunca me he inclinado a aplaudirle, aunque se me tilde de irreverente, blasfema, incrédula, anticlerical o impía, ya que la incidencia que tiene la Iglesia Católica, a través del alto Clero, en todas las vertientes de la vida nacional, de manera vinculante en todo lo referente al Estado Dominicano, lo hace plausible de convertirse en rector que pauta las normas de comportamiento, pero sólo para medir a los desposeídos, a los que se enfrentan al status quo, porque en arrogancia terrenal, lejos de lo celestial, nunca lo veremos inclinado a los movimientos sociales, si no apoyando a quienes detenten el poder político de ese momento.
El Cardenal López Rodríguez ha vuelto a tronar, con su clásica verborrea amedrentadora, en el debate que se ha abierto, con la reciente aprobación de la Cámara de Diputados a las modificaciones a las penas a ser impuestas a los menores que infrinjan la Ley consignadas en el Código del Menor.
Aunque parezca mentira, por primera vez, estoy de acuerdo con el Cardenal, de que no es pasando paños tibios que se debe enfrentar el incremento de la delincuencia de los menores de edad, porque verlo solamente desde una perspectiva sesgada de la necesidad de implementar orientación psicología y pedagógica, acabar con el desempleo y favorecer el incremento de planes sociales que aminore la miseria y la indigencia en los sectores marginados, no se objetiviza que con esto solamente, se logre contener esta gran avalancha delictiva que se ha desatado, que involucra a niños y adolescente en crímenes y acciones dantescas, lo que nos dice claramente, que de no aplicarse a la vez medidas coercitivas, que abarquen sanciones penales contundentes, tal y como dice el Cardenal, “estaríamos engendrando monstruos”.
De ahí que esas posiciones paniaguadas de organismos internacionales y nacionales, satanizando estas modificaciones, tratando el tema, de manera muy simplistas, hasta dándole un corte panfletario de consignas añejadas. La realidad es otra, en este país, la droga, ha ido socavando el comportamiento de nuestros niños, adolescentes y jóvenes; y cada vez los crímenes y acciones delictivas en todas sus vertientes cometidas por este segmento de la población son más dramáticos y van en ascenso, precisamente porque se sienten intocables, y por eso actúan con ese desdén frente a las medidas coercitivas que hasta ahora han existido.
Estoy de acuerdo, que las modificaciones al Códido del Menor sean mantenidas, aunque puedan ser más depuradas, complementándolas con la necesidad de que el Estado asuma en los que delinquen, las construcción de cárceles que sean centro de regeneración y no de ahondamiento de la perversión, además de programas que abarquen medidas preventivas; pero indudablemente que la profundización de las penas, pueden también servir de contención, de ahí que, sin tapujos y sin sonrojos, me sumo al Cardenal, sin que eso me haga revalorizar mis criterios sobre su comportamiento elitista y tienda a convertirme en su crédula seguidora.