A aquellos hambrientos de justicia.
 
Muchos psiquiatras por aquello del secreto profesional se llevan a la tumba confesiones de sus pacientes, de hechos y decisiones que le han atormentado durante toda su existencia.
 
Hay cruces pesadas y tormentosas en las que una simple confesión o penitencia, no logran devolver la paz perdida.
 
Es, esa dura batalla del alma librada en campos superiores del ser que lleva al humano, a refugiarse muchas veces en la religión y confesar a alguien haber sido partícipe de algo que le carcome el espíritu y le hace mal vivir en su propio infierno.
 
Por eso es que sabemos de la famosa página en blanco, y más reciente, de la “sentencia política y el crespón negro de la justicia dominicana”
 
Algunos profesionales de la conducta llaman a esas cosas, luchar por un descargo de conciencia, como si quien lo hace luchara afanosamente por librarse o borrar un hecho de su vida, como cuando se le da un clic para vaciar la papelera de reciclaje en nuestro computador.
 
No alcanzo a entender, el poco espacio de mi mente no llega a tanto, para comprender a plenitud, que paz puede experimentar quien mata o asesina a otro por encargo, con todo y que en su doble vida y asista a cualquier iglesia y parezca un beato o hermano consagrado como Judas cuando participaba de la Santa Cena.
 
No sé, si alguien lo sabe, por favor hágamelo saber cómo se puede vivir calmado y sereno, asistir a las “fiestas de guardar”, ser parte de los desfalcadores del Estado y saber, estar consciente que algún día caerá en manos de la Justicia.
 
Acuérdense de la “Mano fuerte de Panamá” el general Noriega y muchos otros jerarcas militares argentinos que sin importar su vejez, han dado con sus huesos en la cárcel. ¡Cómo iban ellos a pensar eso en sus años de gloria!
 
Ignoro su exclusión como finos y buenos actores dignos de un premio. Abrazan, saludan besan y sonríen soportando el peso de sus mismas conciencias donde se ven obligados a recurrir a pastillas para conciliar a medias el sueño. Sueño que les han truncado a cientos de miles de dominicanos de tener una mejor calidad de vida.
 
Son esos, los que construyen sus mansiones con cercas altísimas como huyendo de las miradas acusadoras de muchos que les conocen incluyendo muchos de sus familiares.
 
Les basta vivir sus propios infiernos. Se aíslan. Se esconden. Saben que el nauseabundo y fétido olor a podredumbre, robo, corrupción e impunidad emana más allá de los caros perfumes.
 
Y ese hedor, los delata a la luz del día o en el mismo silencio de la noche. Cuánta razón tenían y tienen Los Guaraguaos…No basta rezar!