Desde  pequeña a la mujer dominicana se le  obliga a cargar con responsabilidades ajenas, a jugar a ser madres cuidando sus hermanos pequeños, expuestas siempre cuando trabajan en casas de familias, aun dueño degenerado , o  a  los  hijos  de la casa que juegan  a ser aprendices  de hombres que  las seducen, y si se  descubre, las acusan de  ser  ellas las que se insinúan.

A eso se suma una formación basada en el miedo y en la dependencia. A ellas se les cuestiona y se les señala por atreverse a  pensar y actuar como los hombres, son ellas  quienes están obligadas a ser puras, castas y vírgenes.

Son ellas las que cada día sufren en carne propia la violencia contra sus hijos,  y contra ellas mismas. Son quienes cargan sobres sus hombros la administración de la despensa familiar y la educación de los hijos, que procrearon entre dos.

Es a ellas a quienes se les nota si ríen o si lloran, es ellas alas que la sociedad les exige fidelidad  matrimonial, le les pide aseo y permanencia en el hogar, responsabilidad para preparar alimentos, lavar ropas y… hasta seleccionar las prendas que usan los hombres.

Ellas llenan las iglesias, en una sociedad patriarcal que todavía no valora que son la otra mitad, pero que las trata como ornamento.

Aun así, no hay derecho a decidir, cuando se trata del derecho y de los sentimientos de la mujer, pues hasta eso es propiedad del patriarca y si se produce el desliz de pensar por ellas mismas, se les advierte con violencia que ni sus vidas les pertenecen…