El terremoto económico que estremece al mundo desde hace dos años, duplicó el desempleo en España y son ya un millón doscientos veinte mil hogares en los que todos sus miembros no tienen ni consiguen empleo. En EEUU, 17 millones de personas no tienen empleo.

 

Los empleos creados por los propios desempleados no serán los mejores empleos, por vulnerables y operar a “la intemperie”, sin protección social. Pero tienen la ventaja de que ocupan, siembran esperanza y paz, mejoran la autoestima, ofrecen la oportunidad de ingresos y –buena noticia para productores de bienes y servicios- elevan el poder de compra.

 

No serán los mejores, pero vitalizan las familias y la actividad económica.

 

No serán los mejores, pero sacan del apuro. ¿De cuál apuro? De la situación de desastre, de emergencia socioeconómica en la que vivimos, creada y agravada por políticas públicas que no fomentan la creación de empleos y, desde hace dos años, como resultado de dichas políticas, los destruye a un ritmo rápido y violento.

 

Devastadora también ha sido la concentración de la riqueza, culpable de que unos pocos puedan negociar y gastar sin límite, muchos no puedan adquirir lo necesario para vivir y otros apenas alcancen a malvivir.

 

En Haití, como dijimos, al día siguiente del terremoto del 12 de enero, reaparecieron los micro negocios, aquellos que se inician con 50, 60 o 100 dólares.

 

Ya que la Unión Europea ha tenido la sensibilidad y el tino de lanzar esta iniciativa de 100 millones de euros para atender el desempleo entre los jóvenes europeos, en una muestra de solidaridad con los desempleados emprendedores de Haití y República Dominicana, debería acoger la propuesta lanzada por Rosa Rita Álvarez, directora de Mujeres en Desarrollo –MUDE-, ONG dominicana que mantiene un programa de microcrédito muy exitoso, de “reactivar el programa de Crédito Rural Binacional de la Frontera República Dominicana-Haití, ejecutado con fondos de la Unión Europea y que terminó hace cuatro años.