A mis amigos les adeudo la ternura

y las palabras de aliento y el abrazo;

el compartir con todos ellos la factura,

que nos presenta la vida, paso a paso.

 

A mis amigos les adeudo la paciencia

de tolerarme las espinas más agudas;

los arrebatos de humor, la negligencia,

las vanidades, los temores y las dudas.

 

Un barco frágil de papel,

Parece, a veces, la amistad.

Pero jamás puede con él

la más violenta tempestad

porque ese barco de papel,

tiene aferrado a su timón

por capitán y timonel:

un corazón.

 

Alberto Cortés y Facundo Cabral

 

 

Ningún tiempo mejor que navidad para pasar revista personal de lo que ha transcurrido alrededor de tu existencia, donde siempre acude a la memoria los años de la infancia y de la adolescencia, porque en ellos quedaron acumulados los recuerdos más sanos y florecientes que moldearon nuestras vidas.

 

De ahí que inmersa en estos días nostálgicos de la navidad aprovecho este espacio existencial, para hablar de mi amigo Nano.  Tal vez ustedes se preguntarán a qué Nano me refiero, y prefiero dejarlo en el suspenso, para que en la medida que voy detallando la cualidades de mi amigo,  puedan entender a quién y por qué me refiero en estos momentos a la amistad que me ha ligado a él a través de mi existencia; unas veces interrumpida por el vóltice ensordecedor de los acontecimientos que han pautado parte de mi comportamiento; otras retomada al volver a cimentar las perspectivas de mis anhelos, en una vertiente menos llena de confrontaciones y persecuciones.

 

Colindaba mi casa, en la parte atrás, con el patio de la casa de Nano y como  coincidimos casi, casi, en edad, aunque mis hermanos utilizaban la empalizada que nos dividía para comunicarse con los otros dos hermanos de Nano, para coordinar repasos de estudios, planes de serenatas, canes sociales y cuitas de amigos, Nano y yo, nos encontrábamos casi siempre, en los juegos que cada dia, programábamos frente a la casa de Don Pedro (papi Pedro)  y Chichita Russo, para junto a Mercedita y Tulita, unida a Miriam Pimentel, Victoria Hart, Alicia y Tata de la Casa Anita, pudiésemos pasar los mejores de los ratos de sano esparcimiento, jugando o hablando de los planes que ideábamos para el futuro;  junto a Nano, que siempre fue un personaje alegre, servicial y transparente, nos sentíamos contar con un amigo especial, que participaba y que nos cuidaba.

 

Nano, siendo todavía un mozalbete, quedó sólo cuando Eduardo, su hermano partió a España a instancias de Rosalinda, única hermana de doña Olga, que residía en ese país y  se lo llevó por varios años.  Ya José Valentín, su hermano mayor, casi no paraba en la casa materna, porque era el niño mimado de las Hermanas Pierret: Amancia, Aminta y  Alicia, tías de doña Olga, propietarias de un negocio de mercería y quienes le ofrecieron todos sus afectos acumulados de mujeres solteronas.  Ya siendo Nano un adolescente, nació Clarita, un embarazo inesperado de Doña Olga, que vino a coronar a la familia con una hembrita, después de solamente contar con tres varones, esa llegada de Clarita, fue una clarinada hermosa de felicidad y de armonía en la casa de Don Valentín y Doña Olga.

 

La vida nos fue transformando, pero nunca olvido que desde el patio de mi casa, podía contemplar la terraza de la casa de Nano, porque sobresalía en la segunda planta de una hermosa vivienda de madera, que doña Olga y don Valentín, padres de Nano, cuidaban con esmero. Don Valentín de origen español, emigró y  se asentó en estas tierras, para nunca dejarla atrás.  En la primera planta de la casa. había una fuente, que se embellecía con matas acuíferas de Loto, que florecían con una belleza muy exótica, lo único que me atemorizaba eran los sapos, que se acunaban en la humedad de este lugar, pero con todo y el sobresalto, no dejó de impactarme la belleza de estas flores.

 

Nano, y yo nos separamos como amigos de aventuras y de sueños, ya cuando cursábamos el bachillerato, porque partí a Santo Domingo, dejando atrás todas mis resabios, mis anhelos y toda el  mágico trajinar por las calles de mi pueblo, donde todavía predominaba la paz y la tranquilidad de una ciudad que mantenía sus tradiciones bucólicas y señoriales, en una idílica conjunción de quimeras, que impregnaba a toda la juventud de ese momento de una particular manera de compartir, actuar y convivir.   

 

Cundo regresé de nuevo a Puerto Plata, por allá, por los años 78 del pasado siglo, me reencontré con un Nano transformado físicamente, aunque su humor, su fraternal entrega, su capacidad de compartir, no habían cambiado; no habían hecho mella ningún influjo de opulencia, de su  sólida fortuna personal creada a fuerza de trabajo, tesón, verticalidad y mas que nada, de no dejarse malear por banalidades; seguía siendo el Nano de siempre, sincero, sencillo y dirachero.

 

Por eso en estas navidades, han acudido a mi estos recuerdos de los días de juventud, unido a ese gran amigo, Fernando Ortega Brugal, para mi y para muchos simplemente Nano, porque así seguirá siendo, como una demostración palpable de que el tiempo, no hace perecer la amistad, si no que la cultiva, la eleva, la hace excelsa, y pone sobre la realidad de la inmortalidad de nuestros sentimientos, un acápite definitorio de lo que podemos llegar a ser sin transformar lo parte esencial de nuestras vidas, que son los sentimientos.  ¡Vayan mis saludos fraternales para Nano y para toda esa pléyade de amigos y amigas virginales que supieron elevarse como Nano,  más allá del egoísmo, la individualidad y la impaciencia!