A cada paso, en cada esquina, se ve la cara de la pobreza. Es un cuadro visible que nos recuerda los desequilibrios de una sociedad en constante crecimiento económico, pero en persistente fomento de la desigualdad.
Niños, adolescentes, jóvenes y ancianos se disputan la caridad de unos, mientras alientan preocupaciones más que justificadas en otros. La mendicidad marcha a pasos firmes a transformarse en una pobreza binacional, combinada.
La migración haitiana está aportando una creciente masa de gente sin seguridad alguna, que huyendo del hambre de su país se va refugiando en las calles de las ciudades dominicanas. Y está transformando el cuadro tradicional de la mendicidad dominicana, que tenía en la zona colonial su ambiente más propicio, en donde ancianos, lisiados, locos, palomos y vagabundos de todo género ofrecen a la vieja ciudad uno de sus rasgos más distintivos. La ruina humana junto a la ruina colonial.
El polígono central de Santo Domingo desarrolla su propia versión de la mendicidad citadina, junto a sus vecinos en la pirámide social, formada por un auténtico ejército de vendedores ambulantes, que pugnan por no caer al escalón de abajo.
¿Cuántos son los mendigos en nuestro país? No lo sabemos.
El Censo Nacional, que planifica la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), bien puede agregar algún acápite concerniente a establecer la población en condiciones de mendicidad, su localización y características generales que orienten una futura política para el manejo adecuado de esta desprotección humana.
Fuente: www.perspectivaciudadana.com