Como parte de su programa de recortes presupuestarios, el presidente Obama propuso disminuir esa partida a 2,570 millones de dólares, es decir, casi a la mitad, lo que agrava las penurias de esa parte de la población y la sumerge en la inseguridad.

 

Pero no es en esa inseguridad que el gobierno del presidente Obama quiere que nos fijemos, sino en la que permite a Estados Unidos entrar a cualquier país a “cazar terroristas” para hacer al mundo, según dice, “más seguro”.

 

Por eso quiere que creamos que “con la muerte de Bin Laden el mundo es ahora más seguro”, como si la seguridad del mundo fuera un asunto tan simple.

 

Quiere que nos creamos también toda la historia de los comandos que sorprendieron al jefe de Al Qaida (otro engendro de la política internacional de Estados Unidos, como se sabe) lo mataron y luego lanzaron su cadáver al mar. (Y en eso de lanzar cadáveres al mar, hay una curiosa coincidencia con los métodos usados por las dictaduras militares sudamericanas que en los años setentas lanzaron al mar a centenares de jóvenes a los que asesinaron acusados de “comunistas” para en muchos casos repartirse sus propiedades y hasta sus hijos).

 

Y no hay por qué poner en duda el relato del gobierno estadounidense sobre el final de su engendro. Lo que sí debe ser puesto en dudas es que a EEUU le interese realmente la seguridad del mundo, porque ni siquiera le importa la de ciudadanos pobres de su país, como los beneficiarios del programa LIHEAP.

 

Lo explica claramente la periodista y escritora Amy Goodman en un artículo titulado El presupuesto Obama congelará a los pobres, publicado el 17 de febrero pasado, donde destaca que mientras se recortan los fondos de los programas sociales, se aumentan los gastos militares que, en ese presupuesto sometido por Obama el pasado 14 de febrero, montan a la suma de 553,000 millones de dólares a los que deben sumarse 118,000 millones de dólares para “Operaciones de contingencia en el extranjero” y 55,000 millones más para el Programa Nacional de Inteligencia, esto es, 726 mil millones de dólares a los que todavía habría que agregar los gastos de emergencia de cada año, como bien destaca la periodista y escritora Amy Goodman.

 

Eso deja claro que el presidente Obama terminó siendo un prisionero más de los empresarios del complejo militar industrial de su país al que denunció más de una vez Eisenhower advirtiendo, en 1953, que “cada arma que se fabrica, cada buque de guerra que se echa al agua, cada cohete que se dispara significa en última instancia un robo a quienes padecen hambre y no tienen alimento, a quienes tienen frío y no tienen abrigo”, y cuando en 1961, finalizando su mandato, recomendaba: “…En los consejos de gobierno debemos tratar de evitar que el complejo militar-industrial adquiera influencia injustificada, ya sea buscada o no. Existe y seguirá existiendo potencial para que haya un aumento desastroso del poder en manos inadecuadas”.

 

Y así ha ocurrido, como lo denunció Bosch en su libro Pentagonismo, sustituto del imperialismo, y como lo advierte Amy Goodman al señalar que: “Al aumentar el gasto militar, que ya es superior a todos los presupuestos militares del mundo tomados en su conjunto, simplemente estamos llevando (…) sufrimiento al exterior”, sobretodo, y esto no lo dice Goodman, porque ese gasto astronómico en armas se lleva a cabo con dinero inorgánico que luego pagamos los pueblos del mundo con inflación y con crisis.

 

El terrorismo, por tanto, es un buen pretexto y un buen negocio, como se ve, y sólo es útil a quienes sacan provecho de él, nunca a los pueblos, cuya miseria e inseguridad aumentan en proporción directa con las ganancias que dejan la guerra y la violencia a sus promotores.

 

Fuente:www.perspectivaciudadana.com