Vivimos en una sociedad queperdió su capacidad de asombro ante la ocurrencia de hechos y fenómenossociológicos que puedan estremecer los cimientos de la misma; por lo que yaesta se transformó los límites de la tolerancia y los llevóhasta los linderos de la permisividad.
Cada hecho cotidiano de nuestrosconciudadanos nos lleva al convencimiento de que nuestras instituciones; sobretodo aquellas que ejercen un determinado control social, porque fueronestablecidas en base a determinados principios; hoy se desempeñan atendiendo noa normas éticas y filosóficas, sino a la filosofía del simplismo que se expresa en exageradosniveles de tolerancia.
Se alega hoy, que los padres nopueden asumir frente a sus hijos, losantiguos y rígidos principios de laética y la moral, para mantener la unidad y la estabilidad familiar, porqueahora es necesario ser “tolerantes” ante determinadas conductas de susvástagos, a fin de no afectar la psiquis de estos o de evitar que algún traumalos lleve a asumir otro tipo de actitudes.
Lo doloroso de eso es que esa“tolerancia” fue convertida en una conquista de libertinaje para las nuevasgeneraciones, lo que a la vez se tradujo en permisividad de personas einstituciones frente a hechos que contradicen los principios de la moral y dela tolerancia, de manera que aunque no es moralmente aceptado, en el hogar seacepta la bigamia en el hombre, se justifican las inclinaciones homosexuales yhasta las aventuras sexuales de las esposas fuera de su propio matrimonio.
La permisividad no deja de ser latolerancia cómplice o pasiva de una persona frente a hechos y actos que sonajenos a la moral y a los principios, por eso no solo encontramos fenómenossociales como los que ya reseñamos más arriba, sino que observamos cómo bajoesa vorágine de complicidad y tolerancia se diluyen instituciones que tienencomo norte la preservación de los cimientos de la misma sociedad, y paramuestra; basta un botón: “departamentos policiales enteros, envueltos hasta la médula en el delito de lacomplicidad con el Narcotráfico…”