Miguelina Martínez Morel, asesinada de 27 puñaladas el pasado domingo,  por su esposo, Jonathan de Jesús Minaya Torres, en el sector de Pueblo Nuevo del municipio de Santiago fue llevada en carroza fúnebre desde donde tenía un pequeño salón de belleza donde trabajaba diariamente para buscarle el sustento a sus cuatro hijos, para pasar su cortejo fúnebre por el Palacio de justicia donde tantas veces acudió a reclamar acciones contundentes en contra de su agresor, no recibiendo la asistencia rápida que demandaba esta situación, cayendo asesinada en el mismo lugar donde  ofrecía sus servicios de peluquería que  por la desidia, el contubernio y la incapacidad de los representantes de la justicia de esa ciudad, para resguardarle su  vida, hoy  Miguelina está enterrada dejando en la orfandad sus cuatro niños en edades de 10,7, 6 y 3 años.  Miguelina es hoy una estadística más como tantas otras que han perdido la vida en estos 10 meses del año 2012.  Según estas mismas estadísticas de la Procuraduría General de la República de enero a junio de este año ocurrieron 98 femenicidios que han aumentado en estos dos meses restantes. La historia es terriblemente draconiana que repite el comportamiento de un psicópata y criminal que regresa de los Estados Unidos para ejecutar su sentencia de muerte contra una mujer que con toda razón lo había abandonado por temor.  Este asesinato recae nuevamente sobre las espaldas y la conciencia de las autoridades del Ministerio Público de la ciudad de Santiago, por su dejadez e indiferencia que actuaron como aliadas de éste criminal.
 
El maltrato en toda su extensión, sea éste físico, psicológico o verbal, implica un círculo vicioso entre el agresor y la víctima, ambos con características de comportamiento muy específicas. En el país, la violencia, en muchas ocasiones, ha sido vista como un asunto cultural. Entonces, no sería difícil asegurar que en muchos casos la violencia es una conducta aprendida desde la niñez que viaja con la persona durante toda su vida. La violencia evidencia en todas sus manifestaciones, una lucha de poder que en muchas ocasiones puede llegar a causar incluso la muerte. Esto es  lo que sucede cuando un hombre inicia un proceso de violencia contra su compañera, sea novia, concubina o esposa. En sociedades como la nuestra, donde existe una cultura machista, es común que suceda, que hombres que en inicio discriminan, llegan a violentar a sus parejas por distintas razones. Mientras seguimos teorizando, decenas de mujeres caen víctimas de esta irracional violencia familiar que deja como colateral una secuela de huérfanos/as que la sociedad y el Estado, dejan indefensos y sin protección.
 
Por otro lado, Johanna Goede y Yira Pía, dos escritoras, alejándonos de esta devastadora dicotomía de jerarquización social, nos trasladan a palpar la cara de la intelectualidad que reivindica a las mujeres: Johanna Goede, una puertoplateña de gran arraigo ancestral, al iniciar la puesta en circulación de su novela, estableció los linderos de sus propias palabras: “Creo en todo y no creo en nada” para narrar la trayectoria de investigación que tuvo que hurgar para plasmar en su novela “El Enigma de los Pergaminos”;  una recopilación de mitos que han impedido que la mujer haya podido aspirar a ocupar sitiales de importancia en el ejercicio eclesiástico en la iglesia católica.  Con esta obra escrita con enjundiosa paciencia ha pretendido la autora desbaratar una mentira y dejar al lector las investigaciones para seguir hurgando en el pasado mítico, de profecías y cánones heredados del cristianismo. Así mismo en sentido más poético, esotérico y metafísico, Yira Pía, dominicana residente en Estados Unidos, nos hizo parte de la puesta en circulación de su libro “La Pirámide del Jardín”, que resume  todo un arsenal vivencial de imágenes y relatos de su infancia y su relación con personajes del ámbito familiar, que marcaron hitos importantes de su vida existencial.  Así podemos ver la otra cara del comportamiento de las mujeres que tuvieron la oportunidad de hurgar  de manera trascendental en temas filosóficos, metafísicos y antropológicos que nos llevan a reflexionar para trascender en sus mundos de la creatividad intelectual. Lo que nos dice que la realidad de las mujeres no es cuestión de época y que tampoco en una cuestión de intelectualidad, sino que quizás las bases del equilibrio se encuentra en los cimientos de la educación básica donde se inculcan todos y cada uno de los pilares que conforman el ser humano, lo cual seguirán siendo un problema clasista y generacional.