Algo muy parecido pasa con Poeta en Nueva York de Federico García Lorca. Dentro de esta obra, sobresale por su fuerza “Oficina y Denuncia”, que no sólo es una brillante descripción de la vida en una gran ciudad, como es el caso de Nueva York, sino también una advertencia sobre los peligros que conlleva una economía moderna que permite disfrutar de un gran bienestar (por lo menos a ciertas capas de la sociedad) y al mismo tiempo aislarse del mundo en el que se vive.
Debajo de las multiplicaciones, hay una gota de sangre de pato/ debajo de las divisiones hay una gota de sangre de marinero/ debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un informe económico, como cualquiera de los elaborados por el gabinete de estudios de un banco o de una agencia de valores, se centrará en una serie de variables, como el crecimiento del PIB, la inflación, el paro o la rentabilidad de los bonos. Estas variables estarán disponibles para un gran conjunto de países, habiéndose elaborado con el propósito de reducir la complejidad del mundo y de las sociedades que lo componen a unos indicadores que proporcionen una información rápida y relativamente homogénea para los administradores.
El verso de “debajo de las sumas, un río de sangre tierna” es un recordatorio de que algo muy humano se resiste a este tipo de abstracciones. Sin embargo, se podría objetar que esta advertencia es exagerada, pues lo que está en juego cuando se publican estas variables no es aprehender todos los fenómenos sociales, sino simplemente hacer abstracción de aquellos elementos que son irrelevantes y limitarse a aquellos que se prestan a una modelización para comprender el funcionamiento de una economía.
En realidad, cuando se comparan series económicas entre países, por ejemplo, el PIB de Estados Unidos y el de un país emergente, se parte del supuesto implícito de que esa comparación tiene sentido, pues se trata de comparar magnitudes homogéneas. El analista ya sabe que los dos países son heterogéneos, pero, al centrarse en una variable que puede tratarse como homogénea, puesto que ya está valorada en dinero y se puede, por tanto, comprar y vender, evita quedarse varado en todas aquellas características que hacen diferente un país de otro y que lastrarían sus recomendaciones.
Sin embargo, en ciencias sociales no se trata sólo de buscar un denominador común para hacer homogéneos bienes y actividades que a priori no lo parecen. La construcción de estas medidas implica que se van a asignar unos valores a unos objetos y que, por consiguiente, hay una serie de actividades que tienen más valor que otras. Si se considera que los precios de mercado son el indicador más oportuno para valorar bienes y servicios, automáticamente se está adoptando el juicio de valor de que aquellas actividades que caen fuera de la esfera económica son irrelevantes desde el punto de vista económico.
Así, por ejemplo, la realización de tareas domésticas o el cuidado de los niños y de las personas inválidas son actividades que muy frecuentemente son realizadas sin que se reciba percepción económica alguna, de modo que no entran en la medición del PIB, a pesar de su importancia vital para la sociedad.
Como existe un sinfín de actividades que son fundamentales para garantizar la supervivencia de una sociedad, pero que no cotizan en el mercado, la solución más frecuente por parte de los economistas ha sido imputar un precio a este tipo de actividades “como si” de alguna manera existiera un mercado donde se realizasen estas actividades como cualquier otra transacción económica. Este apaño, en vez de ofrecer una solución a un problema real de la contabilidad nacional, puede terminar distorsionando completamente la realidad.
En este contexto, Angus Deaton cita el ejemplo aberrante de una encuesta realizada en África Occidental intentando medir el consumo. En las comunidades rurales, el agua se extrae de manantiales sin pagar coste alguno. Pero, como, al realizar la encuesta, el consumo se tenía que medir en dinero, era preciso pues imputar un precio al agua. Y el precio asignado fue el precio del mercado más cercano, el Eau de Perrier de las ciudades. De manera que, tras este ejercicio, resultaba que las comunidades rurales tenían en teoría una riqueza que en la práctica no existía [1].
Con este ejemplo, no quiero ridiculizar los esfuerzos por solventar las dificultades que plantea toda estimación seria de la riqueza o el patrimonio, sino simplemente indicar que estos ejercicios pueden derrapar cuando intentan medir actividades extra-económicas y que la solución más cómoda, asignar un precio “como si” existiera un mercado, lleva consigo un juicio de valor oculto: que todas las actividades humanas deberían estudiarse como si fueran actividades económicas.
Y el intento de que los criterios económicos se apliquen a todo tipo de actividades está cargado de implicaciones éticas. El economista debe ser consciente de que no se va a limitar a hacer una descripción aséptica de unos hechos, sino que, por el contrario, las herramientas que emplee pueden influir y transformar la realidad.
La protagonista de Madre Coraje de Bertolt Brecht es una mujer que se gana la vida avituallando a los ejércitos contendientes de la guerra de los 30 años. Cuando los negocios van bien, es decir, cuando los campos y los pueblos son devastados por la guerra, Madre Coraje gana dinero y dispone de medios para alimentar a sus hijos. Sin embargo, en épocas de guerra, a pesar de la prosperidad del negocio particular de Madre Coraje, sus hijos corren peligro, o bien porque pueden ser llamados a filas y morir en combate, o bien porque pueden convertirse en lo que hoy eufemísticamente se llaman “daños colaterales”.
Pero, por otra parte, cuando los negocios van mal, es decir, cuando hay paz, la situación tampoco es favorable para Madre Coraje, pues entonces carece de medios para mantener a su familia.
Madre Coraje está pues atrapada en una contradicción. Al intentar ejercer su oficio, al intentar ganarse la vida honradamente para poder ocuparse de su familia, Madre Coraje contribuye a cavar su propia tumba, siendo partícipe indirecta de la destrucción de su familia. A la luz de Madre Coraje, podemos esbozar unos criterios para definir cuándo una situación es intolerable. Cuando los individuos, para poder asegurar su subsistencia y las de sus seres más cercanos, tengan que hacerse cómplices de actos que en su fuero interno juzgan inaceptables, entonces podremos hablar de una situación que no sólo es injusta, sino que además debe ser radicalmente transformada.
Con estas reflexiones en mente, he escrito este artículo. Actualmente, en una economía globalizada los individuos toman decisiones sobre la compra y la venta de mercancías que tienen consecuencias más allá de su esfera privada. Y esta economía globalizada, donde bullen millones de individuos, presenta situaciones que recuerdan a la de Madre Coraje, donde decisiones económicas completamente legítimas desde una perspectiva individual tienen consecuencias perversas desde una perspectiva global.
Precisamente, como la teoría económica más ortodoxa se muestra muy escéptica con respecto a la posibilidad de hablar de un punto de vista “global”, superior a la agregación de los intereses de los individuos, el primer apartado de mi exposición será hablar de las preferencias individuales según la economía neo-clásica y los supuestos sobre los que ésta se asienta.
A continuación, expondré las críticas de las que este enfoque es susceptible, ya que el hombre no es un ser aislado, sino un ser social que toma sus decisiones en un contexto social dado. Me centraré en la importancia de lo que podríamos denominar creencias colectivas para que pueda existir una vida en común.
Dentro de estas creencias colectivas, hay que destacar el papel que desempeña el dinero en una economía monetaria. Irónicamente, las conclusiones que se desprenden de esta peculiaridad del dinero han pasado por alto a buena parte de los economistas. En efecto, que exista una moneda aceptada sobre un determinado territorio no es un problema meramente técnico, sino un problema político, pues se trata de una cuestión sobre la legitimidad del Estado.
En otras palabras, la existencia y estabilidad de un poder soberano es una condición básica para el desarrollo de una economía monetaria. La gran paradoja del mundo contemporáneo es que la expansión de la economía monetaria ha sido tan arrolladora que ha llegado a desafiar la legitimidad de los Estados sobre los que originariamente se ha sustentado, llegando a amenazar su propia continuidad.
Fuente:www.rebelion.org