(Julian Assange, la pederastia sacerdotal y Sakineh Ashtianí, tres interpretaciones distintas de la justicia) El jurado está compuesto por doce personas elegidas para decidir quien tiene el mejor abogado. (Robert Lee Frost, poeta estadounidense)

 

Otra vez la justicia. O más bien lo que en los países occidentales se conoce como “justicia”, y que cada día está más lejos del sentido estricto del término. En estos días asistimos a tres funciones circenses distintas, de las que se puede extraer una imagen suficientemente distorsionada de la justicia como para hacernos una idea de qué estamos haciendo con este mundo.

 

En la pista central del circo de la justicia tenemos el caso de Julian Assange. Su crimen todos lo conocen: ser un espía de éxito. Un espía que ha conseguido hacerse con papeles que manejan en secreto funcionarios pagados con dinero público, y que ahora son de dominio público. ¿Qué es más delito, que la diplomacia estadounidense conspire contra medio mundo en su paranoia de golpista salvapatrias, o conseguir que la conspiración llegue a oídos de los ciudadanos?, para los Estados Unidos no hay duda, lo peor es que la población esté al corriente de sus tramas delictivas. Por lo tanto es preciso matar al mensajero.

 

Es la magia de lo que se conoce con el nombre de justicia. Que pretende mostrarnos a Assange como “enemigo público nº1” cuando en realidad se parece mucho más al “amigo público nº1”. El caso Assange puede sentar el peligroso precedente de permitir a quienes administran la justicia, aplicársela a los que se alcen en portavoces de malas nuevas. Sólo por hacer un juego, imaginen por un momento que lo desvelado por Assange fueran cables de la diplomacia venezolana, ¿creen ustedes que ahora mismo estaría detenido en Londres, o más bien que sería la prioridad número 1 del programa de protección de testigos de la justicia estadounidense?

 

En una de las pistas laterales del circo, otro lamentable espectáculo. Las autoridades holandesas han recibido cerca de 2.000 denuncias contra la iglesia católica por abusos sexuales a niños. Estas denuncias vienen a sumarse a los miles de ellas que ya cogen polvo en los juzgados de tantos y tantos países. Quiero pensar con buena voluntad y creer que ninguno de estos casos puede ser atendido como se merece por la justicia, ya que ésta debe estar muy ocupada persiguiendo a los “Assanges” que haya por el mundo. Por su parte, Ratzinger también está muy ocupado beatificando a seis sacerdotes víctimas de la guerra civil española, según él, “asesinados por odio a la fe”. O tal vez esté preparando la beatificación de las víctimas de la pederastia sacerdotal, practicada por “fe en el odio” a los niños. En cualquier caso, para saber lo que piensa Ratzinger de este sucio delito dentro de la iglesia, solo hay que fijarse en lo que no hace, es decir, en que no entrega a los pederastas a la justicia civil, reservándolos para la justicia divina, que exime de culpa al pederasta y no resarce de la infame e impía agresión a la víctima. Se puede decir que Ratzinger no está muy católico en este asunto ya que archiva religiosamente cada caso de pederastia sacerdotal que llega a sus oídos.

 

En la otra pista lateral, un nuevo espectáculo de equilibrio, esta vez a cargo de los medios de manipulación masiva. La mujer iraní, Sakineh Ashtianí, acusada de planificar el asesinato de su marido, es considerada por los países occidentales como un objetivo a liberar de las “garras” del Islam, sin entrar siquiera a considerar la veracidad de las acusaciones. Si como argumentan, los países occidentales estuvieran luchando para evitar la ejecución de una mujer, quizás tendrían suficiente trabajo de momento con las 52 mujeres que aún siguen en el corredor de la muerte en Estados Unidos. A diferencia de Sakineh, estas reclusas son personas anónimas o invisibles, al menos si nos atenemos al tiempo que los medios les dedican. Mala suerte para las 52, si estuvieran en el corredor de la muerte de Irán, tal vez una legión de intereses occidentales saldría en su desinteresada defensa. En una demostración de inigualable usura intelectual, los medios nos presentan a Sakineh como una inocente absoluta en manos de un gobierno culpable absoluto, mientras que, por omisión, debemos entender que las 52 mujeres del corredor de la muerte son absolutas culpables condenadas por un gobierno absolutamente inocente. Está visto que en el mundo occidental nos educan para que entendamos que todo lo propio es bueno, aunque no lo sea, y que todo lo ajeno es malo aunque no lo sea. De este modo, la repetitiva reclamación de la libertad de Sakineh se convierte en una condena repetitiva del Islam. ¿Se imaginan la reacción de los Estados Unidos si desde Irán se organizara toda una campaña de desprestigio contra el sistema judicial estadounidense, y se reclamara a voces la libertad inmediata y sin condiciones, de las 52 reclusas que esperan su ejecución? No defiendo culpabilidades ni inocencias, y tampoco estoy a favor de la condena a muerte de nadie, ni de la una, ni de las 52, pero sí estoy a favor de recibir una información justa y objetiva sobre ello. Aún no he oído a ningún medio occidental reclamar la liberación y exculpación de ninguna de las 52 reclusas. Y me temo que no las escucharé, como tampoco las escuché en favor de la ejecutada Teresa Lewis.

 

Puede que solo sean impresiones mías, pero de todo lo anterior se puede deducir que los dos principales defectos de Julian Assange son, por una parte no ser sacerdote, de forma que habría gozado de los servicios del más efectivo abogado en casos de violaciones, el papa Ratzinger; y por otra parte, no haber nacido mujer, en Irán, y llevar por nombre el de Sakineh Ashtianí, de forma que su inocencia habría encontrado amplio apoyo en todos los medios occidentales de manipulación masiva.

 

Colaboración: Víctor  J. Sanz