JUEGO PELIGROSO
La República Dominicana tiene una debilidad crónica en el tratamiento y manejo de sus problemas. Y casi siempre asume ante ellos una actitud expectante que desespera, que intranquiliza. Es como si esperara la indicación, el mandato, para actuar en consecuencia. O el escándalo mediático.
Al amparo de este descuido o tolerancia, la República se la pasa expuesta a todo. Pero antes que nada a poderes externos con ínfulas tutelares, que hacen de estos pequeños países objetos de una suerte de patria potestad a la que no tienen derecho. Y todo según los intereses económicos y políticos propios de esos poderes.
Es el caso de la migración haitiana actual. Desbordada a un punto que empieza a transformar barrios, aldeas y calles de tal manera, que se viene haciendo insostenible para pobladores y autoridades. Los pobladores porque están atiborrados, las autoridades porque los deja evidenciados.
¿Qué es lo que falla? Esencialmente el Estado nacional. Precario en la prestación de los servicios públicos al que está obligado. Ahora su precariedad se va extendiendo al terreno de la capacidad para el control de las fronteras nacionales, erosionadas por el narco y por la excesiva migración haitiana. Y con facilidad cómplice.
¿Desde cuándo son los pobladores quienes deben ejercer labores de control migratorio ante la ausencia de las agencias gubernamentales? ¿O es que andamos en busca de enturbiar las aguas?
La migración es un fenómeno eterno, que lleva a la gente de la pobreza a las zonas de la abundancia y de la esclavitud a la libertad. No cesa.
El estado dominicano está obligado a regular y controlar la poderosa presión migratoria haitiana antes de que estalle el conflicto en cada aldea, en cada barrio, o en el propio Haití, para alegría de ciertos poderes. Y de algunos brujos nacionales.
No juguemos con fuego y pólvora.
Fuente:www.perspectivaciudadana.com